Hacia una observación sistémica en torno al proceso electoral 2018 en México

De acuerdo con mi mejor consideración, desde un punto de vista sistémico, el mayor problema económico de México no es la productividad, sino la REDISTRIBUCIÓN. Esto es: ya hay una productividad que no ha sido justamente redistribuida. De ahí la acumulación de riqueza en pocas manos. El problema político asociado con esto es la MOTIVACIÓN: si la sociedad sigue viendo truncadas cualquier posibilidad de cambio hacia la redistribución, entonces perderá (aún más) la confianza, la esperanza y se tornará todavía más violenta. Esto es en mi perspectiva el mayor problema: que si la élite, y nosotros como seguidores alienados de esa élite, contribuimos a negarle nuevamente una posibilidad de alternancia a la izquierda vamos a perder mucho más que si le reconocemos el turno, que históricamente ya le corresponde.
Independientemente de esto, una postura sistémica objetaría el que se polarice el ambiente político con maniqueísmos de cualquier tipo, y sobre todo que se insulte o denoste a la gente por sus expectativas, filiaciones o posturas.

A la luz de lo anterior, la campaña mediática del miedo resulta un franco  insulto a la inteligencia, que ha sido posible difundir masivamente debido a la gran ignorancia, indiferencia y desprecio de las élites mexicanas y sus seguidores, hacia el intelectualismo nacional y hacia las disciplinas científicas sociales serias, y con la complicidad de los beneficiarios de los medios de comunicación (incluyendo en esto a los intelectuales partidarios de las élites actuales en el poder,  Enrique Krauze y el peruano Mario Vargas Llosa). Cabe notar que esto se da en el contexto de que las perspectivas económicas más influyentes, que han dominado la política nacional hasta ahora, están orientadas a satisfacer mayormente el interés norteamericano, no el nuestro, y eso es ya muy lamentable, más aún, con el arribo de Trump, que lo hace plenamente indigno para nosotros. Como país, nuestro nivel de diferenciación sistémica es muy superior al de Venezuela, Bolivia y otros, por lo que es absolutamente ridícula la comparación. 
No obstante lo anterior, también debe considerarse que somos el país más asimétrico y desigual del orbe. Eso tampoco puede continuar; eso es lo que sí debería preocuparnos. El país ya no aguanta más que se preserve esta situación. 
Redistribuir no es dar dinero gratis, sino establecer un nivel salarial digno, y propiciar condiciones para que la miseria deje de ser un círculo vicioso y le permita a la gente salir por sí misma. Es invertir en el capital humano, que es el patrimonio más valioso de un país, salvo cuando las élites se esmeran en justificar y preservar condiciones  de asimetría y desigualdad, frecuentemente desde posturas incapaces de comprender la diversidad social y la riqueza de la cultura. Para comprender esto se requiere entender más de la complejidad social y conocer más sobre el concepto “Estado de Bienestar”, y sobre cómo se ha implementado en Europa; y sobre las corrientes progresistas, y las formas que ha adoptado contemporáneamente la socialdemocracia. 

Ni la economía ni la educación pueden estar orientadas a crear robots humanos, ni a devastar irrestrictamente el medio ambiente; a la sociedad mexicana no le interesa, ni lo permite; por eso es que la reforma laboral del gremio de los maestros no puede considerarse como una verdadera reforma educativa. Hace falta integrar a ésta las perspectivas ambientalistas, y humanistas. El talento nacional no puede estar restringido a la maquila, eso tampoco es digno. 
Resulta en verdad patético que cuando por primera vez surge una figura de izquierda, que además de generar tal nivel de confianza y expectación positiva sobre una posibilidad real de redistribución entre la mayor parte de la población depauperada, ofreciendo además un perfil moral cristiano, que está contra el aborto, las drogas y la promiscuidad, los sectores conservadores siguen negándole confianza y espacio de posibilidad. Independientemente de lo debatible u opinable que esas tres temáticas puedan evocar, lo notable es la sordera del sector conservador ante esos aspectos discursivos afines al conservsdurismo de derecha, ahora presentes en la izquierda.

Visto en clave politológica sistémica, un presidente es alguien que cobra impuestos y que representa a los menos poderosos contra los más poderosos. En este caso, hasta donde sé, ninguno de mis lectores y amigos, ni yo,  pertenecemos a esa élite de magnates; así que, desarrollando un poco de conciencia de clase, más nos valdría estar del lado del que va contra la élite, a la que no pertenecemos. 

Stiglitz, premio Nobel de economía, Moodys, la calificadora internacional y otras instancias y referencias de relevancia mundial ya han expresado que el viraje a la izquierda en la elección presidencial no representa ningún acabose para México. Esto sin contar a los intelectuales de izquierda que tanto se han pronunciado sobre el punto.

Comparto más sobre estos temas en Twitter: @cesargarciarazo así como en observatoriosistemicosocial.org. Están todos invitados a leerme y comentarme en estos espacios.

Saludos. 

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