La crisis como catarsis

De la mediatización del concepto de crisis a la construcción de políticas públicas. 

Frecuentemente se emplea en el argot mediático el concepto de crisis para referir que las cosas van mal; asociado esto, por lo general, a las cosas de interés público, a la res pública. Por el carácter inevitablemente subjetivo de las composiciones semánticas asociadas a dichos concepto (crisis) y propósito (denostación), para efectos de lograr aplicaciones puntuales, la orientación científica no puede menos que postular con mayor rigor los elementos constitutivos de un concepto. Precisamente puesto que las ciencias sociales trabajan con el lenguaje como herramienta fundamental, una primera observación requiere distinguir las implicaciones políticas y discursivas del uso de los conceptos, frente a la construcción teórica científica de los mismos. Esto es, que el concepto de “crisis” en la arena política es una herramienta que sintetiza posiciones de desvalorización de un estado determinado de cosas. Así, crisis se usa para referir aquello que está a punto de colapsarse, desintegrarse o dejar de funcionar, respecto de aquellos cursos de acción, propuestas, estructuras o posturas sostenidas por rivales o adversarios ideológicos y políticos.
El problema de comunicación mediática asociado a esto, es que mientras no haya una construcción conceptual teóricamente bien fundamentada de dicho concepto, su contenido proyectará inevitablemente la carga valórica y teleológica de quien lo está empleando: señalar crisis, equivale a negar posibilidades de ser, tanto en el presente, como en el futuro, y esto, es resultado inminente de una opción política determinada. Una reflexión teóricamente bien fundamentada del concepto crisis, requeriría su delimitación aplicativa a un campo diferenciado de análisis, así como una previa estandarización de observaciones particulares que indicara correlaciones específicas con algún indicador o grupo de indicadores límite, así como con algún dispositivo normativo, medida preventiva o acción específica, que fuera activada en supuestos predefinidos: esto es, la construcción del concepto de “crisis” como un dispositivo funcional, requeriría para efectos operativos, ser enmarcado en un esquema de acción legal, que conlleve efectos jurídicos concretos. No obstante la aparente dificultad de lo antes señalado, se trata de un proceso frecuentemente actualizado cuando se desarrollan aplicaciones funcionales plenas.
A este respecto, la política monetaria sirve de contraste adecuado: señalar una “crisis monetaria” supone que la moneda nacional, bajo el esquema de libre flotación, alcance un valor determinado, antes de lo cual no puede ni debe señalarse como “crisis” y después de lo cual, una vez actualizados los supuestos funcionales del esquema “crisis monetaria”, acciones específicas de política monetaria deben llevarse a cabo. En el caso de los “desastres”, y respecto del fondo para “desastres”, se requiere igualmente que un agente o agencia previamente habilitada exprese la calificación en cuestión (bajo la forma de “declaratoria”) para que entonces un fondo de recursos determinados sea canalizado y acciones específicas llevadas a cabo. No obstante la claridad de los anteriores casos, en la arena mediática suele extrapolarse esta estructura de racionalidad para fines de confrontación política. Así entonces se hace alusión a “crisis de seguridad pública”, “crisis de empleo”, o “crisis de derechos humanos”, postulando en ello, sin la debida fundamentación metodológica, supuestos que apelan a la emotividad y a la animadversión, instrumentados frecuentemente bajo cálculos político electorales.
En un estado democrático, esta realidad tiene cada vez menos cabida: la propia formación y generalización de conceptos y observaciones más complejas por parte de toda la sociedad, es lo que posibilitaría acceder a un mejor estado de cosas, específicamente a un mejor estado discursivo y a una mayor cautela, que nos blinde de la anomia y la indiferencia ante la normalización de generalizaciones semánticas de excepción, como ésta, que son usadas mediáticamente para propiciar procesos catárticos, transmutación de emociones colectivas etc., y que requieren más bien preservar su valor significativo y su rendimiento funcional, para ser de efectiva utilidad y motivación relevante en las ocasiones adecuadas, para movilizar cívicamente en su caso, en modos que posibiliten una reacción estructurada y recursiva, con soluciones que puedan replicarse y actualizarse a diversos casos similares, en modos que en suma, nos permitan construir políticas públicas incluyentes y eficaces.

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