Discriminación racial y xenofobia desde un enfoque teórico social

Desde el enfoque teórico que aquí propongo, la discriminación racial puede observarse como una de las más grandes estulticias de la sociedad contemporánea, por basarse mayormente en la prevaleciente imposibilidad, por parte de una minoría de la sociedad centro-moderna, de conformar en su análisis un concepto de ser humano que integre la dimensión ética y psíquica como parte de la plenitud del Ser. Esto puede pensarse, es la resultante estructural de la acumulación y recreación individualista moderna del des-conocimiento (como des-construcción en lugar de ignorancia) del papel que juegan la virtud y los valores sociales supremos –la fraternidad, la solidaridad y el desapego– como elementos constitutivos de lo social, y particularmente distintivos de lo humano. 

El des-conocimiento del valor supremo de la bondad, como principal rasgo humano, es llanamente de tan graves consecuencias, que conviene bien su revisión, a efecto  de preservar y acrecentar los estados de paz social que han hecho hasta ahora posible el desarrollo de los intercambios y acercamientos comunicativos de la sociedad mundial en su conjunto. En este orden de ideas, cabe decir que la sociología por sobre cualquier otra disciplina contemporánea, hace suya la vocación de evidenciar las falacias miméticas de la sociedad y de proveer los medios de contraste que posibiliten un discernimiento más prístino del efecto y del impacto que obnubilaciones como ésta representan. 

En un primer nivel de análisis, correspondiente a la tematización más superficial y frecuente, mediante la Teoría del Eros (Marcuse y Simmel entre otros), la discriminación racial puede describirse también como la obnubilación del ego individualista centro-moderno, circunvalando en torno de la forma de la apariencia, y la superposición de los patrones de belleza artificialmente reconstruidos por la disposición inercial de mímesis con los baluartes de las clases vencedoras a lo largo del proceso de colonización; como un “eros” casual y particularmente contemporáneo de este momento de la historia, cuya vigencia y legitimidad se dirime cada día en las diversas esferas sociales, a través de la inversión de recursos que los partícipes de ese símil –su semejanza con los colonizadores de acuerdo con los más recientes desenlaces de la historia contemporánea– se esfuerzan en preservar, frente a quienes desde las diversas apariencias de la otredad, impulsan sus expectativas de inclusión. 

Una siguiente consideración teórica nos puede aproximar a la noción de que otro aspecto primordial de lo “humano”, estriba precisamente en su forma como medio de comunicación. Esta forma, sin embargo, no queda agotada en el falaz artificio del “logos” o la “tekné” (técnica, o más propiamente “tecnología”) como principales supuestos diferenciadores de lo propiamente “humano”, como frecuentemente se deriva de la inercial mímesis colonizante, que justamente por medio de la “tekné” afirma su diferenciación y fundamenta su noción de superioridad. Una revisión histórica, para estos efectos ad hoc, nos recuerda que la tekné ha mostrado también ciclos de ascenso y declive en todas las latitudes y épocas habidas. 
En el caso particular del “logos” (sea interpretado como ciencia, o lenguaje), cabe observar que es apenas y especialmente bajo el influjo de la modernidad y sus consecuentes rupturas con la Tradición, que emerge “la palabra” como un nuevo tipo de fetiche generalizado. Esta “fetichización” del lenguaje, puede verse ahí donde se espera que los rasgos de humanidad cobren la forma de una expresividad verbalizada y compleja, que últimamente se asume y proyecta más bien como forma al servicio de la diferenciación o la exclusión. 

Ahí donde la horizontalidad de la sociedad cobra vigencia bajo la forma política de “democracia constitucional”, una nueva paradoja diferenciadora se vuelve posible, ahora mediante el rostro del dominio “técnico” del lenguaje. Esto es, la superposición de las formas específicas de razonamiento verbalizado por sobre la potestad individual de sufragio, en el caso de las operaciones consensuales de todos los niveles de la sociedad, que por principio de cuentas, al amparo de la racionalidad horizontal y contractualista de la noción más generalizada de democracia nos concierne y corresponde esencialmente a todos los ciudadanos por igual. (No basta Ser, ni parecer, ni saber, además hay que saber decir).

Para citar un ejemplo, el hecho de que un ciudadano perteneciente a una etnia tradicional no pueda o quiera (para este caso da exactamente igual) instruirse en las formas complejas o técnicas de ese lenguaje “Otro” (español, álgebra o teoría política), no quiere ni puede significar que su derecho al sufragio político electoral deba ser condicionado, o que los votos de quienes están mejor instruidos en esas materias deban contar formalmente más. Esa construcción de capacidades de influencia particular puede gestarse en la arena de la comunicación casual de forma espontánea, pero no puede normalizarse bajo una forma legal so pena de atentar contra el principio horizontal de la democracia y los derechos fundamentales, en que está construida precisamente la normalidad de la paz social vigente.

Cabe observar también en este punto, que otras formas de conocimiento, entendimiento, conciencia, certeza y sabiduría (distinciones abordadas por Platón, en de Teetetes o el conocimiento) existen y prevalecen en los ámbitos periféricos de la modernidad, en muchos casos también de forma deliberadamente no verbalizada –y en esto puede verse el signo distintivo de la oposición entre Tradición y Modernidad– como un justo factor de diferenciación o identidad que da sustento y contexto a formas de vida ancestrales, que por demás, soportan y dan contención a los exabruptos mismos de la centro-modernidad para con el medio ambiente. 

De hecho, en el amplio concierto de la experiencia y vivencia de lo humano –en términos de mundialización de la economía y la generalización del consumo– la “tekné” contemporánea queda en deuda manifiesta con el conjunto de la civilización humana, por el impacto desmedido e imprevisto que las intromisiones antropogénicas produjeron en los ciclos naturales y geológicos; como bien puede comenzar a observarse con mayor nitidez en las recientes variaciones climatológicas y en la descomunal crisis de extinción de numerosas especies de nuestro biohábitat. 

Mientras esta devastación ambiental acontece impulsada mayormente debido a las formas de vida de la población de la centro-modernidad, desde donde se ejerce la más pujante y amenazante discriminación racial hoy en día, en las periferias se preservan –mediante la modulación rigurosa de la tekné y el logos– las dinámicas del habitus ancestral de incontables seres humanos, que por demás, opera como una estructura de contención para toda la propia especie humana. Ignorar esto, desconocer que el habitus moderno (desarrollando la propuesta conceptual de Bourdieu, como un conglomerado de formas de uso, consumo y abuso en la vida cotidiana) es actualmente sustentable en la proporcional medida en que no es generalizado universalmente, equivale no sólo a desconocer la gran deuda ambiental que la sociedad centro-moderna acumula frente a las poblaciones periféricas, sino que constituye un gran riesgo de desbalance en términos de seguridad humana y securitización biosférica (con el concepto de securitización en la Teoría social se postula el problema de la preservación misma de la vida humana en este planeta). 

El consecuente desconocimento que de esta postura se deriva, implica afianzar la posibilidad de emergencia de las notables catástrofes que ya anteriormente asolaron a la sociedad mundial. El desconocimiento de la interdependencia biosférica que nos conecta a todos los habitantes del planeta actualiza mayormente riesgos y desafíos globales. El asinamiento o depauperación de poblaciones marginales en las regiones más remotas por ejemplo, se traduce potencialmente en la mutación de nuevos virus y emergencia de nuevas epidemias que el agua y el aire pueden transportar igualmente por todas las geografías. El descontento y resentimiento de las asimetrías globales se traducen igualmente en potenciales amenazas para la seguridad interior de los países con mayor acumulación de bienestar. 

Así entonces, el componente de comunicación que caracteriza y diferencia primordialmente a lo humano, más allá de la “tekné” y del “logos”, incluso del “eros”, sería justamente lo que el pensamientos clásico y la propia Teoría social moderna ha semantizado como “ethos” (de donde proviene ética): la disposición a comunicar y compartir los elementos que hacen posible la vida comunitaria; un modelo de comportamiento que nos permite a todos compartir armoniosamente las fortunas y bondades ofertadas libremente por la naturaleza. 

Es mayormente claro, en estos momentos de la historia que más allá del derecho a ser diferente, y del derecho a migrar, una gran parte de los movimientos poblacionales tienen que ver justamente con la asimétrica concentración de estos bienes y recursos en todo el orbe, y la problemática pretensión de subsumir toda “otredad” en las formas hegemónicas centro-modernas, como condición de inclusión. Y es también manifiesto que las tensiones por las reacciones de la movilidad poblacional en este contexto, traducidas como discriminación racial, y su consecuente xenofobia, se exasperan y dinamizan mayormente por efecto de una limitada concepción tanto de lo natural o la naturaleza, como de lo humano. Aquí es donde un re-valorización de estos conceptos se vuelve crucial para una mejor comprensión de nuestra interdependencia y unicidad como especie.

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