El desafío de confiar en nuestras instituciones

Sobre lo que ha pasado recientemente con las decisiones políticas que nos han afectado e incomodado a todos los mexicanos, considero que es más que necesario expresar ocasionalmente nuestra inconformidad con el estado de las cosas públicas de nuestro país y discutir abiertamente sobre ellas, pero exhorto a que hablar de política no sea para expiar nuestra falta de involucramiento mayor en los procesos electorales, nuestra adolescente vocación democrática o ignorancia de cómo operan los ajustes institucionales. 
Exhorto a que hablar de política, no sea el contexto de normalización para proferir insultos y denostaciones gratuitas. La buena política y la endeble paz social en nuestro país demandan mucho más que eso de todos nosotros. En esto tienen plena razón sociológica, y por ello aplaudo y promuevo la propuesta de quienes afirman que si de verdad le preocupa a usted nuestro país, primero se incorpore en algún partido político; el primer paso puede ser acudir a las pláticas que estos institutos ofrecen; seguramente su diputado local o federal lo orientará gustoso en esto. 

Lo demás es francamente de mucho menor provecho. 
La crítica sin mesura a los políticos, la clase política o los partidos en su conjunto, conlleva implícita una suposición de saber más sobre cómo resolver los problemas nacionales, pero esa es una ilusión producto de una ignorancia mayúscula, porque la política es una actividad compleja que demanda mucha preparación y una dedicación de tiempo completo. Un conocimiento elemental de la complejidad social y de los efectos de la desmesura y la denostación de la política conllevaría más bien a la mesura y cautela al momento de prescribir recetas o establecer juicios políticos o sociales.

Que expresar frustración ante las desafiantes exigencias de adaptación que el entorno actual demanda, no sea motivo para degradar a las instituciones políticas y sus representantes, que han sido producto y resultado de esfuerzos colectivos históricos y que se nutren del trabajo cotidiano de miles de ciudadanos comprometidos, que sí han aceptado concientemente y con verdadera vocación de patriotas, ser servidores públicos y vivir con mesura. 
Exultar odio y resentimientos acumulados ante la incomprensión de los problemas de nuestro tiempo y de sus raíces históricas no abona a solucionar los problemas, sino a inflamar el mismo odio y resentimiento que anteriormente causó las más lamentables guerras y masacres. Participar seriamente en la política es la mejor opción, porque ésta es una actividad muy susceptible a la degradación cuando se le trivializa en la comunicación coloquial. Quienes niegan esto desde los medios masivos desconocen llanamente la complejidad social de nuestro tiempo o están mirando por sus intereses parciales por encima de todo y apuestan por la preservación de la ignorancia en favor de sí mismos. 
El pesimismo es la entropía social que nos impide desplegar cualquier potencial colectivo. Es el mismo vicio que impide expresar confianza en nuestros gobernantes y pagar los justos y debidos impuestos, que en quien administra un condominio y pagar las debidas cuotas condominales, o confiar en el médico, el contador o abogado que nos atiende y retribuirle sus justos honorarios. Sin ir a tanto, es la misma situación con los artesanos o comerciantes, con quienes es muy fácil regatear hasta perder el aprecio y reforzar la dinámica del engaño mutuo.
No veamos la conveniencia por sobre la gratitud. Asumir que cada quien hace lo mejor posible requiere que uno haga lo mejor posible. Para el enfoque sistémico social esto está muy claro: las observaciones sobre el mundo externo son un una proyección de las configuraciones internas de cada observador. Los juicios son una proyección de la vivencia. Para mejorar la observación hay que mejorar el propio actuar. 
No perdamos de vista que la paz duradera es una construcción social que se nutre del esfuerzo cotidiano. Esfuerzo por respetar a los que estuvieron antes, a los que están sirviendo ahora mismo, y por respetar también la secuencia y el orden de quienes quieren involucrarse más decidida y comprometidamente. 
Visto  lo anterior, es que me permito en esta ociasión y con motivo de este inicio de año y frente a las dificultades que avizoro, convocar a que detengamos ya está propensión irreflexiva a desconfiar de todos y de todo; esta inclinación terrible a pensar que ningún bien y ninguna virtud pueden manifestarse en alguien que se dedique a la política. Dejemos ya de allanar el terreno para la especulación degradante que normaliza el no pago de los impuestos, la pifia y el entrampamiento colectivo, y en última instancia, la rapiña y el saqueo. Detengamos ya esa falacia mimética repetida hasta la náusea desde buena parte de las élites de nuestra sociedad, especialmente por los detractores de la obligación y la responsabilidad social de contribuir con el gobierno para sufragar las necesidades y reclamos de la redistribución. 
Si tenemos un estado deleznable de los asuntos públicos es primeramente por nuestra históricamente deficitaria tributación fiscal y por nuestra falta de fiscalización inteligente de lo que se hace con nuestros escasas aportaciones impuestas. Fortalecer nuestro país requeriría no solo que tributáramos los “impuestos” sino que ademas fuéramos capaces de aportar contribuciones voluntarias. Pero en el estado actual de la conciencia colectiva mexicana eso pareciera un sinsentido. Y eso es lo que tendría que cambiar primeramente.
Por esto los convoco a considerar que debemos decirnos y decir que ya basta de pensar que todo es corrupción. A recordar que tenemos un sistema electoral de los más caros del mundo y que es irracional y malsano que sigamos abonando al “sospechosismo”. Por esto los convoco a considerar y reconocer que la corrupción que existe es la resultante de lo que hemos aportado cada uno de nosotros cada vez que hemos tenido ocasión, con nuestra colaboración activa o con nuestra pasividad, con nuestras palabras y silencios. Y a reconocer también que las posibilidades de solución latente son vastas, y que pasan por hacer una reflexión sincera y colectiva de nuestra corresponsabilidad en este estado de cosas. Si algo necesita nuestro país en ese momento para lograr un verdadero cambio, sin odio y sin violencia, es un alto nivel de madurez y de reflexión. 
Considero, especialmente como abogado, como profesor de ciencias sociales, como servidor público y promotor de las instituciones, que este año de conmemoración del Centenario de nuestra Constitución es una magnífica ocasión para hacerlo, que este año es cuando cabe recordar que sí se puede, y que sí se debe hablar bien de Mexico y de los mexicanos, que sí se puede y sí se debe, no sólo pagar impuestos sino hacer contribuciones voluntarias y hacer el bien por México y por todos. Sí se puede y sí se debe.
En este contexto cabe ademas observar que al menos la llegada de Trump vino a catalizar nuestra observación de esos desafíos por venir, y a hacer evidente lo que muchos no querían ver: nuestra oprobiosa dependencia y subsuncion a su economía. El vergonzante y hegemónico colonialismo intelectual y cultural con el que nos tienen subyugado financiera y monetariamente. La más acallada separación y racismo que nos tiene apresados en burdos prejuicios distanciados de nosotros mismos hasta en términos de unidad política y confianza en nuestras instituciones. Y también la ignorante descalificación de las tendencias comerciales hacia la apertura que equivocadamente la izquierda ha denostado como si fueran un camino de beneficio sólo para la economía norteamericana. 
Hoy queda claro al menos que en buena parte, ellos también se perciben en desventaja y que se interesan también en reajustar los términos del intercambio comercial. 
Que este estado de cosas sea un impulso para la unidad nacional, que tengamos un momento de reflexión para detener el desgaste de nuestras instituciones y funcionarios; que seamos en este momento de dificultad el soporte que nuestro país necesita, para lo que todavía nos acecha en el porvenir.

Al menos nos queda hoy mas clara que en los últimos 30 años, la urgencia de rectificar nuestro actuar y nuestro civismo ante los cambios abruptos que se avecinan y de los cuales ya tuvimos una primer dosis desde los primeros días del 2017. El lamentable rezago en el desarrollo de nuestras capacidades tecnológicas y el fin de nuestra zona de confort con cargo a nuestros recursos naturales y medio ambiente.

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