Criticar y construir: de la descalificación mórbida al contraste de los argumentos bien fundados

Según me he adentrado últimamente en las complejidades de la Administración Pública, he caído en cuenta, con una renovada y mayor claridad, que uno de los desafíos por venir para contar con un país mejor para todos, es difundir y generalizar conocimientos especializados relacionados con la función administrativa estatal o el propio hacer político legislativo, y que en tanto sigamos en la propensión de emitir y repetir sin restricción juicios de valoración moral sobre el carácter de los agentes involucrados en la administración pública, con frases soeces como que “todos los políticos son iguales”, o peores que eso, no vamos a llegar a ningún lado; y que por tanto, ante los más recientes acomodos del ambiente internacional, resulta urgente e imperativo, ponernos al día en esta asignatura para poder fortalecer a nuestra nación ante las adversidades globales. Esto requiere inevitablemente que seamos capaces de restablecer la apreciación de nuestros gobernantes y representantes, y de los funcionarios y servidores públicos. Siendo que en nuestras instituciones democráticas se invierte una de las mayores porciones de nuestra hacienda pública, es irracional seguir reproduciendo estas actitudes de desprecio inercial. Tenemos una de las democracias más caras del mundo y seguimos sin poder confiar en quienes resultan nuestros representantes luego de nuestros caros procedimientos electorales. Para superar este desafío, cabe notar que la observación generalizada sobre lo político, ya no puede consistir en infundios, calumnias y descalificaciones basadas en valoraciones morales sobre los agentes de la política, divulgadas y consumidas irreflexiva y morbosamente por los medios masivos. Cabe notar que lo que se requiere y conviene a nuestra sociedad, es que discutamos y polemicemos con un mayor nivel de complejidad; que seamos capaces de analizar concienzuda e informadamente sobre las diferencias ideológicas fundamentales presentes en el espectro político, de comparar las alternativas de elección en términos de los documentos fundacionales y principios doctrinarios de los distintos partidos, y seguidamente que nos alleguemos de las herramientas de análisis, mediante formación específica decidida y dedicada (estudios de licenciatura, diplomados, especialidades o seminarios), o que nos acerquemos autodidácticamente a lecturas serias sobre ciencias sociales, para establecer mejores relaciones entre la oposición de los distintos discursos ideológicos que tensionan la arena de lo político, o para familiarizarnos cada vez más con planteamientos acerca de la construcción de indicadores, formulación de líneas de acción, estrategias y objetivos de cada uno de los programas y sectores de la administración pública; que ejerzamos el derecho a recabar información, y que éste se ejerza con mayores conocimientos acerca de los tipos de bases de datos que existen, y de las instituciones u organizaciones de la sociedad civil que se dedican a integrarlas o monitorearlas, por citar algunos ejemplos. En este sentido me atrevería a preguntarle a usted, ciudadano lector, sobre todo a quienes gustan de las críticas someras basadas en descalificativos sobre las personas, ¿alguna vez ha leído los documentos fundacionales de alguno de los partidos políticos? ¿ha leído completa nuestra Constitución Política? ¿Ha solicitado alguna vez información pública al INAI, el INEGI o el Archivo General de la Nación? 

En este contexto, mi parecer es que mientras la generalidad de la sociedad no nos tomemos más en serio este papel de fiscalización cívica y nos preservemos como una sociedad propensa a mirar el acontecer político a través de la estrecha fijación en las cualidades personales de las figuras que encarnan el servicio público, de acuerdo con lo que nos apuntala la limitada agenda de los medios de información masiva, no vamos a lograr nada relevantemente provechoso, (como hasta ahora se ha visto), sino el frecuente y pueril absurdo descalificador de todo lo que huela, parezca y se asemeje al hacer político y que tenga que ver con el gobierno, lo cual sirve muy bien para justificar y normalizar, mediante una inercia irreflexiva la elusión fiscal por parte de los generadores de riqueza y la apatía generalizada y la desesperanza, el odio, resentimiento, y en última instancia una violencia creciente y acechante, por parte del resto de la sociedad. En esa forma de observar y de comunicar, no hay nada de valioso y nada de provecho, excepto para muy pocos, (las empresas mediáticas principalmente), que sí reciben utilidades de revolver la angustia y el morbo. En suma, cabe observar, desde este enfoque sociológico, que con esa forma de descalificar sin mayor miramiento, (tan frecuente en las redes sociales, y normalizado en la interacción social cotidiana), no es viable construir algo duradero que nos prepare frente a las adversidades que se ciernen actualmente sobre nuestro país.

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