Tierra de caudillos en tiempo de instituciones: el ocaso de la idolatría en la sociedad compleja

El ocaso de los ídolos, referido por Nietzche, o su polémica y malentendida metáfora sobre la muerte de Dios, la observo principalmente como la muerte del hombre Dios; como esa condición histórica para el establecimiento de nuevos tipos de organizacion social; se trataría en mi parecer del fin de la racionalidad mesiánica tras el alza de la racionalidad moderna, el fin de esa propensión de quienes se regodean en imaginar seres dotados de virtudes o potencias extraordinarias.

Ampliando esta observación a título personal, los caudillos dejaron de ser relevantes para mí hace unos buenos años. Cuando comprendí que mis padres eran tanto o más heróicos y entregados que cualquiera de los “grandes” de la historia. Cuando comprendí que a los ídolos los ensalzan y linchan sin mucha distinción masas irreflexivas, que ahora y siempre van donde el frío no sopla. Cuando comprendí que la vida cotidiana está llena de héroes cotidianos, y cuando comprendí que eso que llamamos grande, es resultante de la perspectiva del que observa, y de la circunstancia, que nos deja colocados en espacios disímiles, unos más más arriba y otros más abajo. Dejé de mirar y leer sobre ídolos cuando comprendí que toda vida está llena de percepciones y experiencias inenarrables. Dejé de admirar genios y figuras cuando comprendí que las grandes obras se forjan poco a poco cada día. Dejé de embelesarme ante la fama, el poder o el dinero, cuando comprendí que ninguno de estos bienes son signo de la complacencia divina, sino tremenda prueba para quien los recibe y medio de contraste para reconocer lo esencial, aquello que sí es duradero. Dejé hace mucho de admirar a seres humanos y eventos especiales y empecé a creer más en la humanidad, en su conjunto y en la excepcionalidad de cada uno de los días y las personas. Y empecé a observar más frecuentemente que quien se olvida de Dios termina postrado ante ídolos de barro.

Por esto es mi credo personal que el nuevo orden por venir no se afianza en el liderazgo de voluntades subjetivas, ni en el engrandecimiento de nuevas figuras personales, sino en nuestro potencial para obrar con sentido, para sincronizarnos bajo objetivos comunes mediante la reflexión y el diálogo. Por eso creo hoy, ante todo, que nadie en lo personal representa la solución o el acabose de nada y que los ajustes en nuestros respectivos mundos se dan cuando ajustamos nuestros respectivos interiores al recuerdo primordial de que la realidad es ante todo, capacidad y benevolencia sin límites, y por tanto a la conciencia de que todo cambio requiere partir de la gratitud, la mesura, y la primera mejor consideración por el otro.

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