La incorrección política o el desvarío de la cultura

La corrección política es uno de los alcances más encomiables de la civilidad moderna; por ella nos abstenemos de expresar, en la esfera pública, cuantos pensamientos limitados y opiniones degradantes sobre el otro, sí nos podemos permitir expresar con una dosis de mayor libertad en nuestro ámbito privado o de la intimidad, pero que frente al público es requerido refrenar, para efectos de llevar la fiesta en paz y dar al otro la debida oportunidad, de que en una de esas, nos ayude a cambiar el limitado alcance de nuestro parecer. Si comprendemos la cortesía como efecto de una deseable educación (el saludar cuando se llega a un sitio, decir con permiso cuando se desea transitar entre otros, dar las gracias cuando se recibe un favor o servicio, y despedirse de los presentes cuando se parte), no tendría que observarse mucha distancia entre eso y el recato del lenguaje, las opiniones y comentarios sobre aquello que nos es en un modo u otro, distante o desconocido. La corrección política es asimismo la aplicación, en lo cotidiano, de uno de los principios fundacionales de la cultura, consagrado en los cánones jurídicos de todos los tiempos y latitudes, más frecuentemente identificado como derecho a la presunción de inocencia: la obligación de la parte acusadora de probar toda acusación; lo que implica, entre otras, la imposibilidad de tomarse la justicia por mano propia, y la obligación de otorgar un debido juicio a quien trasgrede el orden legal. Diversos eventos, resonando actualmente en los mass media, dan cuenta de algunos embates limitados contra este principio, que resultan frecuentemente como síntoma de la anomia, la desesperanza y el desconsuelo; pero lo que aquí nos interesa ayudar a esclarecer, es que se trata sobre todo de una consecuencia del desconocimeinto, la mal-información, y por último de la ignorancia. Efectivamente, estamos ante un señalamiento que por definición, corresponde hacer a las ciencias sociales, en especial a la ciencia política y la sociología. No por nada el marketing político tiene claramente desarrollada una vasta teoría y aplicación de la corrección política en el uso del lenguaje, especialmente para el despliegue de campañas electorales. Ante este baluarte de la civilización moderna, y de la ciencia política contemporánea, el desconcertante y retrógrado arribo del barbarismo a los escenarios de la política internacional, es plenamente sintomático de una adolescencia política, no ya de la clase política, quien en su generalidad no ha abandonado la corrección política, sino de la ciudadanía, o bajo estas luces, pseudociudadanía, que simula preferir la exultación del desprecio, la discriminación, y la autoafirmación irrestricta del ego, como valores guía o principios rectores de su movilizacón. La popularidad de Trump, manifiesta en este contexto, la compleja paradoja de una sociedad que, en última instancia clama por una igualdad de género pero que resulta mayormente seducida por quien hace de una limitada forma de entender la virilidad, la soberbia, un pasaporte a la masificación de su imagen y su presencia, vía los mass media, que viven de crear ídolos de barro, especulando con la fantasía, los valores y las percepciones mismas de la realidad. En este contexto, cabe hoy más que nunca, tenerse en cuenta, que restringir la expresión de cuanta insensatez pueda evocarnos la observación del Otro, por más raro y diferente que nos resulte, más que una represión nociva de nuestro pensamiento, es un reconocimiento modesto y necesario, de que nuestra identidad, juicios, valores y creencias, son un constructo que sintetiza nuestro legado cultural y nuestra vivencia particular, y que esto es, en dignidad y en derecho, igualmente homologable, a la vastedad de diferentes vivencias y legados, que conducen a otro y otros a ser al mismo tiempo que nostoros, plenos de humanidad y distintos de identidad; al reconocimiento de que en suma, civilización y cultura consisten hoy, en la capacidad de reconciliar las diferencias, estricta y exclusivamente mediante el empleo de la racionalidad, el lenguaje, el intelecto y el desarrollo de la compasión, que es en su más elemental forma, el respecto irrestricto por el que nos resulta ajeno, el diferente, el Otro. Con todo lo anterior, en sintonía con la consabida valía de las observaciones disciplinarias, me resulta mayormente plausible el triunfo de la cordura y la civilidad, y en última instancia, la erradicación, vía las ciencias sociales, de las posturas pueriles que lamentablemente, se han visibilizado en torno al actual proceso electoral norteamericano, pero que bien claramente, obedece a una lógica más profunda y generalizada, de simpatía con la arrogancia y de dolencia por el bien pensar.

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