La autoinmolación, correlato trágico de la guerra

De Eróstratos y Quijotes: La autoinmolación como correlato trágico de la normalización de la guerra en la sociedad contemporánea.

En el libro segundo de El Quijote, capítulo 8vo, de cuando el gran Hidalgo de La Mancha, junto con su leal escudero Sancho Panza, estaban a punto de llegar a la ciudad de Toboso, reflexionan sobre cómo algunos bellacos en la historia se vieron tentados a emplear estrategias destructivas, incluso de su propia vida, con tal de preservar su nombre en la memoria colectiva; como el caso del pastor Eróstrato, quien prendió fuego al templo de Diana esperando ser inmortalizado por ello en alguna forma. Pudiera parecer un asunto incomprensible a la racionalidad de una época de autocentramiento como la que nos tocó vivir, donde cabe pensarse que la mayoría de las personas prefiere “vivir bien” que ser largamente recordadas; pero convendría bien considerar, para comprender un poco más sobre las misteriosas propensiones de la mente, las pasiones humanas y su impacto en lo social, que el anhelo de trascender, ser recordado, entrar en los registros duraderos de la historia, no ha merecido menos esfuerzos, que los de quienes ambicionan sólo una posición holgada en bienes materiales a su breve paso por esta vida. Desde Eróstrato en el templo de Diana, Lee Oswald (Kennedy), o Ali Agca (Juan Pablo II), y más reciente y cercanamente Aburto (Colosio), así como los deleznables actos de terrorismo, pasan a ser casos de este mismo fenómeno: seres alienados que aspiran a alguna forma de trascendencia, atentando contra figuras prominentes o grupos. Esta alienación, ese “estar fuera de sí” puede cobrar entonces la forma de auto-inmolación, sea esta autorreferida como causa religiosa o cívica. Conviene frente a estos efectos, no confundir el aspecto de “auto-designación” con la que estos delirantes puedan etiquetar sus propias obras, y las percepciones sociales de estas mismas designaciones. No porque un individuo de nombre Pedro asalte un banco, quiere esto decir que todos los cristianos católicos son asaltantes. Este ejemplo burdo viene a cuento, porque es una generalización similar a lo que se hace en Europa con los musulmanes inmigrantes, y en menor medida con la población afroamericana y latina en Estados Unidos, cargada notoriamente con el mayor rigor del sistema carcelario. Es decir, que el hombre quebrado mentalmente y sus actos, el sujeto perturbado psicológicamente, no es representativo de una raza o cultura, ni siquiera de una organización particular que pueda usarlo eventualmente a modo y conveniencia, sino acaso, es representativo de esa condición de quiebre y perturbación, asociable a la marginación, sistemático rechazo y desprecio por las diferencias. Es representativo de las paradojas estructurales de la sociedad centro-moderna, cuando para la realización de sus más fatigosas labores “solicita trabajadores y recibe personas”. Y es que en momentos de tensión y conflicto, de escasez o zozobra, pocos pretextos bastan para exasperar los ánimos sociales y germinar la mala hierba de la violencia social hasta niveles de riesgo inmanejable. 

Así como jurídicamente no es suficiente que un sujeto se arrogue la potestad de obrar en representación de otro u otros sino mediante acredtación legítima (poderes legales, etc.), otros mecanismos de legitimación (reconocimiento público, publicidad de los cargos, prestigio, etc.) requieren ser considerados por los mass media y la opinión pública para trascender esa mórbida tentación del reduccionismo con el que los mass media mantienen espectadores cautivos; siendo este fenómeno designado como “orientalismo” (la propensión de mostrar al otro como bárbaro, indómito y peligroso) para el específico ámbito de las observaciones de la relación de Europa con los países del Magreb y del Medio Oriente. Así entonces, las formas de estulticia que nos recuerda el Quijote, no resultan ser resabios de una racionalidad arcaica que ya no pervive en nuestros días, sino formas de canalización del resentimiento y la frustración que conduce esporádicamente a individuos desequilibrados a expresar la más obscena y cruel forma de locura, consistente en el impulso de aniquilación masiva de la Otredad. Nótese en esto, que la actualización de este fenómeno por parte de individuos o grupos marginados, es un correlato prístino de esa misma propensión, locura y estulticia que abanderan líderes políticos con sus consecuentes impactos en la institucionalización de la guerra, tanto como negocio, como operación política legitimada socialmente. En el caso de los observadores externos, la aparente distancia que nos hace observar inermes este fenómeno, no puede menos que convocarnos inmediatamente a considerar los modos en los que por acción u omisión, con nuestra participación o nuestra apatía, con nuestra ignorancia o desinformación, contribuimos al contexto de posibilidad de la emergencia de semejantes liderazgos y de semejantes posturas normalizadas socialmente.

Ciertamente la guerra ha sido una propensión constante en la sociedad humana, pero también se le ha sobrepuesto invariablemente la tendencia hacia la humanización y civilización. Así puede verse que el instinto de agresividad, está llamado a evolucionar, en lo humano, desde la barbarie de la violencia física, a la sutileza de la confrontación dialógica. Por esto, resulta previsible y deseable, nuestra participación hacia la construcción de esa civilidad, que pasa necesariamente por la erradicación de toda apatía frente a los procesos de aniquilación institucionalizada llamada guerra, desplegada por los países hegemónicos en distintas partes del mundo, con argumentos igualmente alienados. No es razonable que se esgrima una guerra en Medio Oriente para que nosotros podamos derrochar gasolina en ir a pasear en coche. No es razonable que la agricultura de Europa o Estados Unidos sea despachada por inmigrantes que luego son encarcelados por llevar consigo su cultura. No es razonable que millones vivan con lo menos mientras ven desfilar ante sí una arrogante opulencia de los que viven con todo lo que nunca podrán tener. No es razonable la apatía y la ignorancia del consumo fácil, desvinculada de todos estos procesos trágicos. El malestar de la cultura sin perspectiva histórica, los resabios del despojo colonial, la esclavitud premoderna y sus secuelas en la nueva esclavitud corporativa, no es saludable socialmente que nos deje indiferentes, a riesgo de que un día cualquiera, la locura se desborde también en nuestra inmediatez y sigamos sin comprender sus orígenes.

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