Sistema religión y cohesión social 

Observaciones del Ramadán para la reflexión moderna.

 
El sentido de las religiones puede observarse en términos de su efecto como factor de compenetración del ser humano con sus semejantes, bajo una concepción práctica de lo trascendente, convalidada en el tiempo a través de generaciones de adeptos, llevándolo a descubrir y afianzar que la acción en comunidad, (incluso como sóla acción mental o comunicativa), amplía su capacidad, resistencia y sus posibilidades de éxito, frente al riesgo, la contingencia, y la indeterminación de la realidad. A descubrir que mediante su compenetración, supera incluso la capacidad que como agente individual puede desarrollar para erguirse frente a lo desconocido: muerte, futuro, guerra, enfermedad, catástrofes ambientales, experimentación técnica; y en ciertos casos, siendo su mayor desafío, el propio rostro de la Otredad, es decir el encuentro con la diferencia y el contraste en otros seres humanos. Por eso es que la articulación social, de la que la grandes tradiciones sagradas de la humanidad dan cuenta, muestra una mayor eficacia y resistencia de lo que cualquier elucubración racional moderna pueda contravenir o socavar. La constatación recurrente y generalizada, por parte de los diversos grupos humanos que practican o se adhieren a una religión, de que en grupo somos más capaces de sobreponernos a lo desconocido, es una de las observaciones que la perspectiva sistémica puede ofrecer a quien se pregunta cuál es el sentido de la religión, porqué se da la congregación de seres humanos en torno a propósitos y objetivos de dudosa rentabilidad instrumental, y qué caso tiene que un conjunto de personas se auto imponga determinadas restricciones o disciplinas aparentemente irracionales. La existencia y pervivencia de las religiones, nos da cuenta de que para la sociedad resulta de mayor relevancia la posibilidad de coordinar la acción social a través de la convergencia en estructuras de comportamiento convalidadas en el tiempo por su eficacia como vehículos de cohesión social, más allá de cualquier disquisición lógica o racional que se pretenda deducir mediante la observación de casos particulares. Se trataría en principio de la oposición llana entre el argumento del transcurso del tiempo, frente al argumento de la observación racional particular. Y es que si alguno de los sistemas sociales da cuenta de tener uno de los mayores y más amplios raigambres en la historia de la evolución social, es justamente el sistema de la religión. Independientemente de que, bajo determinadas circunstancias el sistema religioso opere a su vez un rol como factor de legitimación política y se vea también afectado por ello (como cuando en su nombre se despliegan conflictos económicos y bélicos), su primer nivel de sentido puede observarse más bien en su eficacia como factor de cohesión social. Quizá para el resto de las disciplinas sociales, o para los propios observadores laicos, siga siendo una interrogante, a veces fascinante o a veces fastidiosa, la exacerbada adhesión de ciertos individuos a los principios ideológicos, éticos y convivenciales que rigen su comunidad, bajo la particular etiqueta de “formas religiosas”. Lo que en todo caso puede observarse de ello es la necesidad de autoafirmación en un medio de pertenencia a algo más grande que la propia individulidad (que en no pocos casos se traduce como emergencia descomunal de determinación y disciplina). Necesidad que no puede observarse como algo trivial ni contingente, sino en muchos casos como única posibilidad de Ser; una forma o aspecto de la inteligencia supervivencial, instinto de preservación, sabiduría espiritual o intuición, que le exige al individuo adherirse, a cuando menos un grupo afín, como condición de subsistencia de la propia identidad, o que contenga la no menos frecuente necesidad de des-identidad. El arribo reciente del mes de Ramadán, y su vivencia por parte de las distintas comunidades de musulmanes en todo el mundo, permite contrastar estas observaciones. Para los agentes externos puede resultar desconcertante el alto grado de motivación, o autoimposición necesario para adoptar colectivamente una disciplina tan rigurosa, y aparentemente pre-moderna como el ayuno (considerando la modernidad en un modo general como la exacerbación de la liberalidad y la racionalidad individual); no obstante la práctica comunitaria del Ramadán permite constatar lo dicho anteriormente desde el primer momento: el ayuno extendido a lo largo del día, es posible, justamente en la medida en que el desafío se plantea como un ejercicio comunitario; es decir, para los musulmanes practicantes, el ayuno es posible en términos prácticos, con base en la estructura social histórica que reafirma, incentiva y promueve esta práctica colectiva. En términos del lenguaje propio del sistema religioso, particularmente bajo la forma del Islam, el ayuno al que se adhieren millones de muslumanes en el mundo responde primeramente al efecto de un “misterio” (milagro), entendiendo el mandato de esta práctica como “pilar de la fe”, uno de los cinco fundamentos de religión islámica, y la facilidad auto-afirmada por la propia Tradición del Islam a través de su revelación primordial, el Corán, donde se establece que “junto a la dificultad está la facilidad”, así como de otras interpretaciones y referencias sobre que en comunidad la dificultad se hace liviana. En todo caso, en la aproximación sociológica a la vivencia del musulmán promedio, es inmediatamente accesible la correlación entre la posibilidad de la autorrestricción que supone el ayuno, con el hecho de ser una práctica comunitaria. Para los que se identifican como ateos, escépticos o bajo otras designaciones que tienden a cuestionar o denostar las prácticas antiguas por considerar que su “gracia” o “efectos positivos” carecen de fundamento científico o racionalidad, quizá convenga reflexionar en términos funcionales sobre las implicaciones y los efectos que la pertenencia a un grupo con prácticas afianzadas históricamente tienen para la consecución de la coordinación social, la habilitación de logros particulares, para la disciplina de las flaquezas corporales, el dominio de las emociones, y otros desafíos de la vida humana; superar las adicciones, forjarse metas, desarrollar virtudes, ser agente de provecho, continuar un linaje, forjar un legado, trascender, etc.. La sociología de las religiones aporta incontables observaciones sobre la relación entre diversas terapias y metodologías de superación personal, y su recurrencia a formas de acción asociadas a las tradiciones sagradas, prácticas espirituales y formas religiosas institucionalizadas. Y entonces se podrá observar también, que para cada ámbito funcional de la sociedad, existe confianza generalizada en que la pertenencia a grupos particulares de acción (organizaciones, corporaciones, milicias, partidos, entre otros), enaltece y expande las capacidades de desarrollo del potencial individual, a niveles por demás solo explicables bajo el mismo concepto de misterio, el misterio mismo de que en sociedad, independientemente de los desafíos que esto conlleva, se expanden también los límites de nuestro potencial, y se posibilita explorar lo mejor de nuestro ser. 

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