El dilema de votar por los políticos profesionales

Tradición y modernidad como paradoja estructural: el dilema de votar por los políticos profesionales.

En términos sociológicos la teoría de la modernidad puede llegar a ser bastante compleja, pero estoy convencido que por su potencial explicativo puede y debe ser traducida en formas más accesibles. El proceso de elecciones actualmente es idóneo para contrastar al menos uno de sus aspectos.
El problema para este caso es la disyuntiva entre votar por políticos profesionales o por ciudadanos recién iniciados a la política, o más aún por políticos que no logran reconocerse en alguno de los partidos políticos institucionalizados. En una suma bastante sintética, por ahora, podemos decir que la modernidad se trata del desarrollo de nuevas y diversas posibilidades de articulación social, especialmente afianzados en el principio de la horizontalidad, la homeóstasis, esto es la igualdad primordial entre todos los seres humanos, la superación de las distinciones de segmento, estamento, estrato, clase, gremio y otras que se han suscitado a lo largo de la historia de la sociedad, para llegar, al estadío actual, donde según algunos, como Niklas Luhmann, prima la diferenciación por funciones. Esto para decir que una política orientada modernamente conduciría a que la sociedad reconozca y afirme la función política mediante la selección de agentes políticos especializados, y que supere las posibilidades de interferencia que se asocian a estadíos de diferenciación menor. De acuerdo con la teoría de la modernidad, entonces, cuando se elige un artista para político, un deportista u otro agente, se está contraviniendo la optimización de la diferenciación funcional. La parte paradójica, es que esto no sólo ocurre en nuestro país; el desenvolvimiento de la modernidad es un fenómeno de la racionalidad, que avanza y retrocede en función de los propios desarrollos internos de cada sistema de la sociedad (como tensión entre tradición y modernidad) y no necesariamente es un producto del imperio o colonialismo de algunas naciones, aunque hasta ahora, en muchos aspectos se han manifestado conjuntamente. Es decir, en muchos países, a pesar de su alta diferenciación por funciones, eventualmente la sociedad vuelve a colocar en la arena política a agentes no especializados en política. Esto sucedería, en principio porque la sociedad no logra reconocer la función especializada, tanto como porque los políticos profesionales no logran especializarse lo suficiente, como para proyectar y comunicar sus logros eficientemente. En el caso de nuestro país, así como de muchos otros de América Latina, la contraposición moderna, la resistencia a la modernidad, resulta de una asociación frecuente de los valores modernos, con pretensiones de orden imperialista o pos-colonial, cuando en realidad en última instancia son efectos perfectamente diferenciables. Uno de estos efectos modernos es la proposición de la democracia política, que en esencia es antitética de la política personal, de la afirmación de caudillos, de la postulación o exaltación de autoridades unipersonales, monarcas presidentes etc. Es decir, que el sentido democrático de la sociedad moderna, implícito ya en nuestra constitución, instituciones y ciencias sociales, empuja por una parte a las organizaciones políticas a estructurarse en torno de principios orgánicos y no de personalidades, a desmantelar el peso de los tiranos para privilegiar el gobierno de las leyes; mientras que por otra parte la sociedad muestra desconcierto cuando no ve en el panorama caudillos a quien ensalzar, y eventualmente acude a respaldar liderazgos fuertes como anhelando las épocas menos diferenciadas donde podía identificarse a un responsable pleno tanto de los males como de los bienes de la sociedad. En el caso de nuestro país, resulta muy sintomático el desprestigio de la clase política y el respaldo a los foráneos (outsiders), que en realidad no es un fenómeno tan reciente. Sucedió ya con la alternancia de 2000, donde el mismo candidato de la oposición era y sigue siendo un foráneo al mismo partido político que lo postuló. Esto se repite actualmente en la CDMX, donde el jefe de gobierno tampoco muestra la filiación partidista por el partido que lo postuló. Pero el problema ahora es que hay cada vez más teoría, elementos de racionalidad para reiterar los valores modernos, que requieren afianzarse generalizadamente para lograr su cometido. Y el valor moderno que aquí discutimos es muy sencillo de enunciar: se trata de la diferenciación funcional, o dicho en términos más antiguos, de la especialización del trabajo. Con esta perspectiva me permitiría sugerir lo siguiente: a quien observe preocupaciones de orden ecologista, no conviene votar por un ciudadano advenedizo en la política que enarbole causas ecologistas, como muchos activistas hacen hoy; sino por un político profesional comprometido con dichas causas. Igualmente con cualquier otro tema. En el caso concreto de la Ciudad de México, la formulación de una Constitución es un ejercicio altamente especializado de dos particulares órdenes sistémicos (derecho y política), porque la constitución es justamente una síntesis de derecho tanto como de política. Si usted tiene preocupaciones por los derechos de las personas con capacidades diferentes, elija entonces un jurista especializado en el tema de los derechos de las personas con capacidades diferentes, o en otro caso, un político especializado en ese mismo tema. Pero integrar agentes de otros órdenes funcionales, como de los medios de comunicación o el arte, a la luz de lo que planteamos aquí resultaría una clara consecuencia de esta carencia de sentido moderno, de esta falta de desarrollo especializado que también en otros órdenes falta desarrollar en nuestras organizaciones. El problema en este punto es que este desfase de la observación no sólo procede de la sociedad civil, sino también con lamentable frecuencia en los propios institutos políticos. Algo sin duda es posible aportar por parte de la ciudadanía, y eso sería en un primer momento, la exigencia de currícula especializada por parte de quienes se asumen con la vocación de dirigir nuestras organizaciones políticas. Mi particular preferencia en el caso de las elecciones locales en CDMX, es especialmente por aquellos perfiles que cuentan con antecedentes de desempeño profesional en el ámbito político de los derechos humanos y de la teoría constitucional. Son sólo unos pocos los candidatos que cubren ese perfil. El siguiente postulado de la modernidad que viene a bien considerar, sería que una buena democracia no se forja con la suma de intuiciones particulares, sino con debates informados, análisis disciplinarios, información, tiempo y esmero aplicado por todos y cada uno de los ciudadanos para contribuir de la mejor manera a este rompecabezas desafiante que es la vida pública, en interés de todos nosotros.

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