De premuras, precampañas y preciudadanías: la recreación del tótem presidencial

La anticipación de los tiempos electorales y la fijación generalizada por los mass media en torno al proceso electoral de las elecciones Presidenciales de 2018 que se alimenta tanto de la pretensión de los aspirantes como del interés de los espectadores, resulta sintomático de varios problemas del orden de la cultura cívica, a saber: primeramente seguir enfatizando la observación en torno a la figura de la presidencia de la República, en detrimento de otros planos de análisis, equivale a la configuración totémica de una imagen de culto, como fetiche premoderno que no logra descolocarse del imaginario social; representa el desafío de seguir considerando que dicha institución, o dicho agente integra la síntesis de las posibilidades últimas y auténticas de la transformación nacional. Representa seguir depositando las esperanzas o anhelos en un ídolo o caudillo. Representa insistir en el desconocimiento de que la transformación nacional y en todo caso el mejoramiento de las instituciones públicas es un proceso de configuración de ciudadanía, de participación colectiva, donde contamos con mucha mayor capacidad de influencia de la que nos es posible reconocer como ciudadanos. El seguimiento animoso de este proceso, también se muestra proporcional al desconocimiento del fenómeno de la complejidad social, y de cómo los movimientos de la política pueden reconfigurarse en ciclos cronológicos de hasta incluso un par de meses. Por parte de los aspirantes representa también una disposición de dudosa legitimidad, que a no ser que se autoobserven y los observemos como una nueva casta de héroes cívicos o santos devotos de la democracia, convendría cuestionar para obtener mejores perspectivas: ¿con qué motivo se pueden algunos empeñar dos años antes, en algunos casos mucho más, con los gastos y desgastes que eso representa, para contender por un puesto de s e r v i c i o púlblico, por demás altamente complejo y difícil de ejercer? ¿Qué clase de inversión supone, qué tipo de rendimientos esperan? ¿Qué teoría del servicio público abanderan o pretenden encarnar, qué valores trascendentales los mueven y qué perspectivas y qué clase de fundamentos les permiten colocarse en dicha posición de contienda tan ansiosa y anticipada? (estamos nada menos a que a treinta meses de que pudieran iniciar su ejercicio en el cargo, casi la mitad de lo que dura el mismo). Una perspectiva sistémica, me sugiere, hasta este punto, que la institución presidencial sigue siendo observada como una presea, que contraviene en todo sentido los postulados de la teoría de la división de poderes y de la diferenciación funcional, porque su objetivo es justamente que mediante la estructuración orgánica del estado, el poder contenga al poder, y que derivado de dicha composición institucional, servir en cualquier punto de la escala burocrática sea un modo de vida y no una aspiración codiciada. Si una institución presidencial sigue así de sobre-valuada, puede parecer evidente que algo sigue preservándose acumulado en demasía, que el poder se observa concentrado en desproporción, aunque diversos análisis politológicos muestren lo contrario, que ahora por ejemplo, los cacicazgos regionales se han acentuado, y que los presidentes preservan un poder negativo (contrapoder) pero no pueden forzar  ajustes estructurales. Por otra parte la disposición de los candidatos independientes, que son quienes más pujantes se han mostrado en este proceso y la disyuntiva que plantea su aparición en escena para confrontar el sistema de partidos supuestamente anquilosado (la partidocracia), hace evidente, también desde la perspectiva politológica, que la condición de fortalecimiento institucional partidista se ha satisfecho ya, de manera que la política nacional arribó al momento idóneo para la reconfiguración del régimen general de gobierno a través de la incorporación de elementos parlamentarios, para reelaborar la discusión teórica y política que se dio con tanta algidez en nuestro país hace casi 20 años, y que hoy va mostrando nuevas posibilidades de acontecimiento. Frente al descolocamiento de la partidocracia, sugerida por los candidatos independientes como única alternativa de transformción nacional, la perspectiva sistémica que aquí intentamos aplicar a nuestro ámbito de enfoque, en seguimiento del teorema de la autorreferencia del sistema político, sugiere que antes sería pisible esperar la conversión del régimen político de partidos a un esquema semiparlamentario, que una transformación eficiente a través del ingreso de estos animosos “outsiders” al centro de la política nacional. Así resulta un contrasentido la distinción propagandística entre políticos-de-siempre/candidatos-independientes, ciudadanos ahora politizados, porque al final de cuentas, lo que no se está señalando es que la política también es una función especializada de la sociedad, y que quienes están contendiendo desde trincheras supuestamente ciudadanas, no son inmaculados entes crísticos empujados por la circunstancia al fangoso terreno de la política, sino políticos funcionales que simplemente aún no tienen, o perdieron, una colocación partidista.

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