Petrobras, transparencia y presidencia espectral

Petrobras, transparencia y presidencia espectral: un modelo de reflexión para México.

El desafuero de Dilma Rousseff representa el impass de un modelo de racionalidad política que se va mostrando sofocado en América Latina, debido entre otras razones a la incertidumbre producida por el mercado de los energéticos y la confrontación entre Estados Unidos y Rusia por la hegemonía sobre el petróleo en Asia ante la renuencia del régimen Saudita de contener su producción de crudo. Este feroz combate mercantil ha producido como externalidad el debilitamiento de algunas organizaciones estatales que dependen prioritariamente de la renta petrolera, puesto que la caída de los precios en ese sector ha representado un largo periodo de escasez, que crispó los ánimos políticos y atrajo una mayor ocupación de los asuntos políticos por parte de las élites locales, es decir una recolocación de las posiciones del espectro político de la derecha, y un alza de sus correspondientes políticas de clausura: disminución del estado de Bienestar, cuestionamiento del modelo fiscal, y todo tipo de estrategias mediatizables que tengan por objetivo debilitar a los operadores de la burocracia y relajar la supervisión tributaria sobre los agentes dominantes del mercado. En este contexto, la traslación de tecnologías de sociología política como la teoría de la Transparencia y el discurso de la corrupción en América Latina, sirven muy bien a este propósito, y Brasil es claro ejemplo de cómo pueden llegar a socavar la cohesión social empujándola hasta el límite de la razonabilidad y la responsabilidad política. Visto sistémicamente, dicha traslación no es efecto de decisiones particulares de un grupo de agentes dominantes, sino resultante de las inercias estructurales de la época colonial que culminaron con la forma geopolítica de la segunda posguerra del siglo XX, donde en los países pos-coloniales, mayormente marginados de esa recomposición global, siguen reproduciéndose y activándose mediante nuevas formas, las mismas inercias estructurales de aquella época. En este contexto Brasil ofrece un modelo de representación idóneo para proyectar las posibilidades del propio devenir de nuestra organización estatal, porque nos aventaja en más de un episodio de diferenciación funcional. Por ejemplo, a principios de los noventas Brasil llevó a cabo un ejercicio de conversión política mediante la consulta plebiscitaria sobre la alternativa de adoptar un modelo parlamentario, que culminó en una parlamentarización del modelo presidencial, legitimada y legalizada para todos sus efectos, y que en dos décadas balanceó el marco de relaciones políticas y abrió la posibilidad de que la izquierda lograra un hito con en triunfo de Lula. En México la posibilidad de reforma de estado de gran calado que supuso la alternancia de 2000 no llegó a realizar un ejercicio de esa naturaleza, y el espectro derecho, asociado en nuestro caso a las políticas de macroeconomía liberal, dictadas por el Banco Mundial, ha preservado y acentuado la hegemonía económica de las élites. Aquí continuamos sin mayores cuestionamientos el modelo presidencial, orientados más bien a fortalecer el control del poder mediante ajustes institucionales secundarios, de entre los quem destaca, el desarrollo de órganos de Transparencia, tal como fue propuesto también por el BM. En Brasil, no obstante su satisfactoria recomposición constitucional de los 90´s, la instrumentación de la teoría de la Transparencia y la generalización mediatizada de los discurso exacerbantes de la corrupción se decantaron finalmente el la fragmentación de las organizaciones del espectro izquierdo, vivencia que en todo caso estamos experimentado en México, no obstante la disparidad de nuestras trayectorias de reforma, re colocando en la posición de hegemonía una vez más a las élites económicas de antaño. La diferencia significativa con nuestro caso, es que aquí la izquierda ni siquiera se ha consolidado como alternancia en lo federal, y ya se encuentra de antemano fragmentada, en un momento que por demás reclama definiciones y agregaciones puntuales. Siguiendo la teoría de los regímenes de gobierno, en Brasil la parlamentarización de la presidencia, con su particular figura de presidencia “espectral”, actualiza la tesis de Linz y Valenzuela en el sentido de que los regímenes parlamentarios ofrecen elementos de amortiguamiento a las crisis constitucionales, adoptando la asible forma de crisis de gobierno, mientras que en el caso de los países que preservan el modelo presidencial, los mismos problemas de interpretación pueden volverse desafiantes crisis de Estado. A estos efectos, más nos convendría revisar que nuestro modelo estatal cuente con elementos de flexibilidad para trascender un impass político de gran calado sin que suponga esto un riesgo para la estabilidad social. En mi parecer, no contamos todavía con elementos plenos de flexibilidad parlamentaria, y la descomposición institucional a que apuntan los diagnósticos de la teoría de la transparencia, siguen exacerbando la confrontación y la polarización social y hacen necesario más que nunca instrumentar una teoría particular de la funcionalización y optimización de la administración pública que zanje el impass que produce la brecha entre legalidad y facticidad, tan disfuncionalmente llamada corrupción. No conduce a nada seguir fomentando una legalidad utópica y normalizando la depauperación de la legitimidad política, por parte de una ciudadanía azuzada por los mass media para mantenerse en la apatía y el desgano. Ya conviene observar que la política es lo que es, la función más compleja de la sociedad, y que la degradación o mejoramiento de las instituciones y el desempeño de los agentes políticos, es resultado directo de las agregaciones de acción de todos y cada uno de los observadores.

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