Xenofobia o rentabilización de la irreverencia

Las recientes expresiones de xenofobia en diversos discursos conservadores de la política en E.U., donde destaca el precandidato republicano más popular hasta ahora, vendrían a representar el giro realista (en términos de realismo político) tras la vivencia de un nuevo momento de materialización del sueño igualitario implícito en el reciente arribo del primer afroamericano al mando de la institución política más respetada de la organización estatal norteamericana. El realismo político, como corriente de pensamiento en las ciencias sociales puede rastrearse hasta sus albores en la época moderna a través de las ideas de Thomas Hobbes y Nicolás Maquiavelo, y en sus más lejanas y significativas representaciones para el pensamiento occidental, en las observaciones del pensamiento griego clásico, integradas parcialmente por Tucídides. Desde su perspectiva, el sentido de la organización estatal es la clausura de las operaciones de la sociedad, la delimitación de fronteras, la distinción de clases, la estratificación, el orden como primer principio de posibilidad de lo social, y la coerción punitiva como primera condición de posibilidad para el Estado. Pero la producción de riesgo que se deriva de esta clausura, es la parálisis, la tautología, la endogamia, la entropía. Frente a este desenlace ha resultado necesario contrapesar las observaciones de realismo político, con los planteamientos liberales y contractualistas, que también han conformado una dialéctica del pensamiento político, cuyos orígenes se pueden rastrear en Séneca, y posteriormente en Locke y Russeau. Para los realistas, “el hombre es el lobo del hombre” y se distingue por configuraciones ontológicas dadas de forma inexpugnable, a través de su nacimiento, raza y nobleza (pertenencia a la familia Real), y para los segundos “el hombre es sagrado para el hombre”, igual por principio en su naturaleza y su esencia. Se trata de la oposición clásica entre republicanismo y democracia, nada inédito hasta este punto.
Para superar lo anterior, para trascender la antinomia, desdoblar la paradoja, y descomprimir hasta cierto punto el estado de tensión social que la actualización de está discusión en relación con la carrera presidencial norteamericana viene generando, valdría mucho la pena citar con más frecuencia una observación que la ciencia sociológica lleva integrando a partir del presente milenio: los presidentes no son ya tan importantes como lo fueron durante el siglo pasado (Véase Zygmunt Bauman, “En busca de la política”); y por tanto, tampoco representan un gran motivo de preocupación per se. Su figura sirve para desahogar el impulso de culto a la personalidad individual tan frecuente en las sociedades poco diferenciadas y tan característico del republicanismo. Hasta cierto punto, la reflexión más amplia sobre las implicaciones de la complejidad de nuestro tiempo, donde ningún actor o élite posee por principio la potestad determinante sobre el modelaje de las estructuras sustanciales de la sociedad, permite observar la contingencia de los agentes destacados por la especulación social, y comprender que ningún sujeto por sí mismo puede representar el acabose o la solución de ningún problema estructural de la sociedad. Son los propios valores generalizados, las formas de sentido prevalecientes las que constituyen esta posibilidad. En cierta forma el culto a la personalidad, el desconocimiento de la complejidad, es lo que se traduce, mediante inercias bastante insondables, en el alza de las observaciones personalistas que exaltan la agencia individual de sujetos colocados en posiciones privilegiadas o circunstanciales, y que contribuye a formar ese círculo endogámico de exacerbación de la racionalidad de clausura política, el miedo al otro, la agresión preventiva, que orienta posteriormente a la endogamia cultural y civilizatoria, al claustro, deterioro y parálisis de la sociedad.
De este modo, la presencia de un candidato como Trump resulta más bien un claro síntoma de un próximo gran desafío para la sociedad norteamericana, que oscila entre la aspiración de prolongar y extender una menguante hegemonía posibilitada por las condiciones de la posguerra, y el descubrimiento de que no está en posición de dictar ninguna regla ni dirigir el mundo en ninguna dirección. En todo esto, una de las falacias principales, es la discutida a través de la visión industrialista de St. Simón (El catecismo de los industriales) de que la clase industrial, por manejar las leyes del dinero considera poder manejar también las leyes de la política, de la seguridad, de la guerra y de las relaciones internacionales. Se trata de una tentación frecuente del establishment, del Statu Quo, de las élites económicas, cuando observan la deconfiguración de las condiciones que posibilitaron su ascenso o preservación. En suma, se trataría de un giro, xenófobo, racista y discriminador, procedente del establishment, una forma de estulticia basada en la pretensión de poder medir al hombre con sus vectores económicos, que hoy en día se confronta mayormente con la observación de sentido sobre que el mayor y verdadero indicio de superioridad que puede observarse entre los hombres es en función de su bondad, de su disposición a integrar los valores constitutivos de la civilización, la fraternidad y la solidaridad. Se trata también de una ruptura de la concordia mediática, rentabilizada por los mass media, en detrimento de la funcionalidad de la corrección política que venía haciendo posible la concordia y la coordinación interaccional de la sociedad, y que es fundamental para el desarrollo de toda cultura y de toda civilización. La pérdida del respeto, como factor de rentabilización económica, ofrece réditos sólo inmediatos, y sólo parciales, puesto que lo que constituye la base de una funcionalización duradera, son justamente los axiomas de la sociedad, en este caso los axiomas de la era moderna proclamados con el contractualismo libertario de la declaración universal de los derechos del hombre y del ciudadano. Libertad, igualdad y fraternidad, como baluartes universales, se evidencian hoy como los pilares hegemónicos de la civilización y de la cultura, frente a los cuales, cualquier disposición adversa u opuesta, carece de sentido, de fuerza histórica, de razón, y por tanto de Ser.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s