Semiosis Jurídica y Control Constitucional: observaciones sobre la Ley de Seguridad Interior

Desde una perspectiva sistémica, uno de los componentes fundamentales de la función jurídica es la clausura operativa de los significados de la comunicación de las decisiones colectivamente vinculantes, lo cual se puede sintetizar, como una forma particular de semiosis, la semiosis jurídica. El concepto de semiosis, es particularmente relevante en la teoría de los sistemas sociales en términos de que posibilita el establecimiento de relaciones de equivalencia y por tanto hace posible la diferenciación por funciones: semiosis es la identificación de lo similar o semejante entre diversos códigos de comunicación. Así una articulación fonética (significante) es provisto de una imagen visual que puede o no representar alguna idea o forma compleja del pensamiento (significado). En otros términos, desde el punto de vista del estructuralismo lingüístico, Roland Barthes identificó esto como la función denotación/connotación: la atribución de significado a los significantes por analogías rígidas (denotación) o flexibles (connotación) que es propia de la sociedad en un nivel coloquial, del órgano legislativo en un nivel político y de la academia en un nivel de especialización científica. Para este caso, la vinculación jurídica quedaría comprendida en la dialéctica suscitada entre la política y el derecho, en concordancia con las puntualizaciones conceptuales ofertadas por el sistema ciencia, particularmente por los subsistemas de las ciencias del derecho y la política.

En el caso de la relación entre los sistemas jurídico y político, donde se produce la semiosis jurídica, Luhmann ha postulado que su clausura operativa está regulada justamente por el mecanismo denominado “Constitución Política”, que cumple la función de limitar el alcance significativo de los conceptos compartidos entre los sistemas del derecho y de la política, lo cual lleva a cabo desarrollando una teoría (como desagregación analítica) de los alcances del poder, bajo una forma gramatical que se adecúa a los estándares de comunicación generalizada y reconocida por los propios sistema político y jurídico en cada lugar y época.

Esto significa que la Constitución sienta las bases de la interacción comunicativa entre la política y el derecho estableciendo un ordenamiento y modulación respecto de las funciones y prestaciones que se generan entre ambos sistemas. En el caso de nuestra Constitución Política, y para el caso de la promulgación de leyes, dicha prelación estaría establecida bajo la forma de control constitucional que puede representarse como (1) jurídico-político-jurídico, o (2) político-jurídico-jurídico, dependiendo de quién sea el órgano (poder) de origen, del cual parte una propuesta de Ley, siendo en el caso (1), el ejecutivo como proponente, y el caso (2), el legislativo como proponente. El control jurídico se muestra como forma de clausura última en razón de que la propia Constitución ha establecido al poder judicial como intérprete último de la Constitución, y cuyas resoluciones en cuanto a Constitucionalidad sólo podrían ser superadas por un ejercicio de control político meta-jurídico dado en la eventualidad de una reforma constitucional iniciada por el conjunto del sistema político identificado en la teoría del derecho como “constituyente permanente” (el conjunto del poder legislativo más la mayoría de las legislaturas de los estados federales).

Aplicado al caso de nuestro país y al reciente fenómeno de polemización en la opinión pública respecto de los alcances y contenidos de la recientemente publicada Ley de Seguridad Interior, una observación sistémica afianzada en los elementos aquí descritos, indicaría como regular, la secuencia de interacción identificada bajo el número (2) precedente, en términos de que luego de su promulgación, el poder judicial es quien resulta indicado para una revisión jurídica sobre la viabilidad de dicha Ley, en función de su acoplamiento o no acoplamiento con lo establecido en la CPEUM.

Por tanto nuestra previsión es que como efecto de la clausura operativa del sistema jurídico la SCJN cuenta con todos los elementos para señalar la legitimidad del proceso, en términos de que la recreación semántica que va implícita en la figura jurídico política de “seguridad interior”, resulta de un ejercicio funcional de recreación semántica, adecuadamente acoplado a la estructura referida bajo el numeral (2), y que por tanto puede preverse plenamente una convalidación de su reconocimiento de constitucionalidad.

Precisamente las distinciones que emplea la teoría de los sistemas funcionalmente diferenciados de Luhmann brinda elementos de análisis para la dilucidación de la clausura operativa y la diferenciación de los órdenes identificados como “opinión pública” y “realidad de los medios de masas”, facilitando la comprensión de que estas subversiones semánticas (o versiones no oficiales, legales etc.) de la relación política-derecho, procedentes de los mass media y especialmente referidos a la publicación de la Ley de Seguridad Interior, enfrentan el límite de la clausura operativa de los sistemas jurídico y político en la medida en que sus operaciones, para el caso de la publicación de esta Ley, fueron desahogadas en plena adecuación a la secuencia de acoplamiento establecido en su propio código de diferenciación y clausura, esto es en la CPEUM.

No obstante lo anterior, una siguiente consideración remitiría al planteamiento de que la condición de posibilidad para que las externalidades jurídico políticas de los medios de masas y la opinión pública (aquí referidos como subversiones semánticas de la relación política-derecho), equivalente a las quejas que en la opinión pública, con resonancia en el discurso particular de algunos representantes de órganos internacionales y/o autónomos, estribaría justamente en el nivel de recursividad jurídica (producción de texto jurídico) que se logre con su eventual conversión o traducción, vía el sistema jurídico, al código de clausura operativa reconocido por la propia CPEUM. Más aún, las posibilidades de esta irritación al sistema jurídico en nuestro país, vía el tribunal constitucional mexicano, se afianza en la medida que dicha irritación proceda del entorno internacional, vía las instituciones internacionales del sistema jurídico que dan soporte y contención a las operaciones jurídicas regionales y por país.

Así las cosas, desde el punto de vista sistémico que aquí hemos desarrollado, se observan menores posibilidades de des-acoplar constitucionalmente la producción legislativa señalada como Ley de Seguridad Interior, en la medida que dicha operación se afiance en referentes no jurídicos casuísticos y regionales procedentes de la opinión pública y los mass media, y mayormente en la medida que dicha operación se produzca como una irritación procedente del ámbito internacional (sistema interamericano) afianzado especialmente en referencias al derecho comparado, al derecho internacional de los derechos humanos, y a la teoría social relativa a los conceptos de seguridad, seguritización, seguridad nacional, y seguridad interior, que hasta este momento hemos observado, luego de una búsqueda en la literatura científica contemporánea, como elementos escasamente desarrollados conjuntamente.

 

Dr. César García Razo

Enero de 2018

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PRESENTACIÓN

Bienvenidos a este espacio de análisis sobre la complejidad de nuestra sociedad y nuestro tiempo. Vivimos una época fascinante, plena de desafíos en todos los campos del saber humano y en México habitamos una de las regiones más ricas y diversas de nuestro planeta, plena de recursos naturales, cultura y saberes ancestrales. Una región geográfica privilegiada con vastos litorales, playas, bosques y montañas de belleza exquisita, donde habita una sociedad profundamente variada y diversa, tanto en su origen, como en su aspecto y en sus visiones de mundo, no obstante prevalece por sobre tan radicales diferencias una ética de convivencia altamente hospitalaria y solidaria. Y a pesar de todo esto, o quizás como resultado de todo esto, se observa con mucha frecuencia la generalización de discursos sobre los episodios de discordia, sobre las carencias y los desafíos más graves de nuestra sociedad; quejas y reproches para nuestra clase política y preocupaciones sobre nuestra capacidad general para organizarnos y aprovechar como entidad colectiva, lo mejor de nuestros recursos y talentos.

Por otra parte, frente a los grandes desarrollos de las ciencias técnicas emerge la pregunta ¿Qué han aportado las ciencias sociales? ¿Qué pueden aportar la sociología y la ciencia política para mejorar la sociedad? Siendo éstas frecuentes interrogantes coloquiales de quienes no son versados en la propia complejidad de las ciencias sociales contemporáneas. Ante esto, nuestra oferta es construir formas y posibilidades de comunicación que en modo similar a como operan los instrumentos de observación técnica sobre el ámbito de los fenómenos físicos, permita ampliar o puntualizar la observación de aquello que se encuentra aparentemente distante, pero que nos informa sobre las posibilidades del devenir de nuestros propios espacios colectivos. Posibilidades de observación, que sin pretender la formación de juicios de responsabilidad particular, esclarezcan las relaciones de entendimiento y desentendimiento que modelan, condicionan y reproducen estructuras sociales, hábitos y conductas normalizadas, con el objeto de traducir particular y gradualmente el significado y el efecto que nuestra diversidad de comprensiones del mundo y de lo social, tiene sobre las condiciones generales de bienestar o anomalía que nos aquejan.

El enfoque sistémico de sociología política que aquí se empleará, pretende eso sí, ilustrar al observador interesado, en las formas particulares de observación del hacer científico de las ciencias sociales, que postula, sobre todo desde los enfoques sistémicos y constructivistas, la preeminencia de la descripción de relaciones de equivalencia y posibilidades de comparación de las diversas orientaciones de la sociedad, antes que la calificación de motivos o probidades morales de agentes específicos.

Con esta breve puntualización invitamos aquí a trascender las observaciones de atribución de responsabilidad política tan frecuentes en la disputa por los espacios públicos y los recursos. Aquí nos interesa observarnos como cuerpo colectivo, como conjunto orgánico, y por tanto, con la aspiración de dilucidar el impacto y el alcance de la contribución que nos es posible desde los particulares espacios de nuestra acción colectiva; aquí buscamos por sobre todo, descubrir cómo podemos todos, asumir una agencia dinámica ante el fascinante y complejo desafío de ser cada vez más y mejores como sociedad.

Espero que este espacio sea de verdadero interés y provecho para ustedes. Bienvenidos a este Observatorio Sistémico Social.

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Políticas Públicas y Derecho: un análisis sobre la relación entre el Presupuesto de Egresos de la Federación y la Ley Orgánica de la Administración Pública Federal

 

Teoría y técnica en la Administración Pública: del funcional-estructuralismo en la cosa pública
En este artículo se plantea un análisis de algunas implicaciones de la incorporación del discurso proveniente de la Teoría económica, en el ámbito de la organización del Estado. Esto es, el impacto del desarrollo de los modelos de políticas públicas incorporados, mediante las Agencias Internacionales del desarrollo, como modelos condicionales de gestión para la canalización de recursos en América Latina y México, últimamente devenido en nuestro país como instrumentos de planeación y políticas públicas que regulan la aplicación de recursos mediante el diseño de manuales de organización compuestos de líneas de acción, estrategias y objetivos denominados bajo la forma semántica de “programaciones” o llanamente “programas”, los cuales se postula hacer mensurables mediante la proyección cuantitativa de una línea base o punto de partida y sucesivas metas o estadíos previsibles de alcanzar, con soporte en mediciones e indicadores de avance.
La diatriba académico-disciplinaria (macroeconomía/econometría) implicada en esta forma de observación (programaciones) de lo social, apela específicamente a problematizar la observación de posibilidades de previsión sobre el desenlace o reacción de la sociedad ante lo súbito o lo desconocido, en términos de lo que es viable lograr mediante la observación teórica y mediante la aplicación técnica del saber. Mientras la formulación teórica se decanta por la descripción y el análisis (la contemplación del ajuste), la formulación técnica se decanta por la incidencia y la operacionalización. Esto es, se trataría de el problema de lo social frente a la indeterminación, la contingencia y el riesgo.
A su vez, desde la teoría social la observación se ha caracterizado principalmente a través de dos orientaciones cognitivas, particularmente desarrolladas por los enfoques conocidos como estructuralismo y funcionalismo. El estructuralismo en las ciencias sociales puede observarse como una orientación general de carácter cognitivo, epistémico y heurístico para describir diversos aspectos de la realidad social a través de la postulación de modelos de análisis, cuyo eje articulador se constituye por la comprensión de ciertas relaciones específicas de causalidad. Así, la aproximación estructuralista permitiría establecer en principio fórmulas y modelos que desde una modulación técnica posibilitarían prever y prevenir frente al advenimiento de hechos sociales o acontecimientos súbitos, desarrollando mecanismos de ajuste y acoplamiento frente a lo inevitable.
Desde la antítesis de este enfoque, el funcionalismo por su parte, consistiría en la proposición y desarrollo de modelos dinámicos de análisis que permiten observar relaciones de causalidad que darían mayor soporte a la posibilidad de incidir y transformar el desenlace de los hechos sociales y acontecimientos, así como planear soluciones o reacciones coordinadas de acción colectiva. Hay en este enfoque, por oposición al estructuralismo puro, una observación mayor de la contingencia, del caos y la indeterminación de lo social, que haría también inevitable, trazar líneas de coordinación para la acción colectiva.
No obstante esta elemental distinción, los contenidos explicativos de las proposiciones que han desarrollado ambos enfoques, se han entrecruzado frecuentemente dando pie a debates sobre la ductilidad o rigidez de lo social, y generando diversas corrientes de pensamiento, escuelas y discursos que actualizan de forma diversa su colocación frente a estas dos posiciones fundamentales. Para la teoría del Estado, lo anterior ha devenido en una interesante intersección y entrecruzamiento entre ambas tradiciones intelectuales, que desde el punto de vista del derecho se problematizaría mediante la observación de conceptos como “reserva de ley” o “principio de legalidad”, frente a otros como “principio pro persona” y “control de convencionalidad”.
Más aún, para el ámbito de estudio de la Administración Pública, los discursos macroeconómicos, devenidos en modelos econométricos, problematizan también los postulados clásicos de la ciencia política y la sociología, ahora con una terminología de matices técnico-matemáticos, donde la estadística así como las mediciones cuantitativas de lo social juegan un papel fundamental, presentando nuevos problemas de interpretación para el derecho tanto como para las ciencias sociales en general.

La pirámide kelseniana frente a los instrumentos de planeación.
Respecto del ámbito jurídico, diversas vertientes del enfoque estructural han incidido en la comprensión del fenómeno jurídico y político. La observación del fenómeno jurídico a partir del modelo Kelseniano muestra elementos significativos del enfoque estructural, en términos de que el entramado normativo de la Constitución y la propia conformación del orden jurídico que de ahí se deriva, resulta en una estructura de relaciones vinculantes que integran o modulan (en el sentido de establecer módulos analíticos) el ejercicio del poder, precisamente fraccionando y segmentando la asignación de competencias y atribuciones, en seguimiento de una teoría del poder, basada en la segmentación del mismo (Montesquieu).
Así aplicado al caso del poder ejecutivo, devenido en principal segmento del Estado constitucional democrático (por la manifiesta histórica primacía de competencias y atribuciones traducida en más recursos y más personas) se plantea mayormente el modelo Kelseniano acoplado históricamente a la Tradición jurídica románica desarrollado en nuestro país, como un esquema constitucional caracterizado por tener en la cima de la configuración del poder ejecutivo a la propia Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, y en la base, los diversos reglamentos, manuales, circulares, oficios y acuerdos administrativos.
Por otra parte, desde la perspectiva funcionalista puede señalarse que el problema de las potestades o asignación de atribuciones es también el desafío de la asignación de recursos. En este punto, la complejidad burocrática (la función de fiscalización supervisión del ejercicio de los recursos) cobra relevancia especialmente en la medida que los mismos recursos provienen de fondos regulados por orientaciones funcionalistas destinadas a lograr objetivos e incidir mensurablemente en la realidad social a la que se aplican (vgr. “inducir el desarrollo”).
Un elemental acercamiento a los protocolos operativos (manuales o reglas de operación) con los que opera el FMI, la CEPAL, el BID, y aquellas agencias que canalizan recursos a las regiones periféricas de la Centro-modernidad, para nuestro caso de análisis, concretamente AL y México, da cuenta de que la canalización de Fondos es inevitablemente condicionada en la medida que se pueden instrumentar formas de monitoreo de desempeño y resultados, acordes particularmente, con los modelos econométricos establecidos previamente por dichas agencias.
Pero el desafío mayor, viene justamente en la medida que la estructura organizacional habida, requiere significar y acoplar los instrumentos de modulación que la translación de fondos conlleva aparejada. Así, el reparto (separación) de recursos establecido y convalidado por el poder legislativo vía el presupuesto de Egresos, requiere a su vez una estructura de desagregación “funcional” que se ha conformado en una estructura paralela al modelo Kelseniano, compuesta en este caso, del conjunto de categorías de plan, programa, etc..
La naturaleza jurídica del Plan Nacional de desarrollo y sus programas derivados.

En esto, cabe considerar que la más reciente observación sistémica postula el concepto de función como un esquema lógico regulador que permite establecer ámbitos de comparación de efectos equivalentes. En este sentido, la planificación administrativa o lo que aquí hemos designado como versión funcional del estructuralismo constitucional de corte Kelseniano, es justamente la más dúctil y versátil configuración del esquema PND, Planes, etc.. Esto es, que mientras la Constitución es inamovible, el presupuesto requiere ser ajustado cada año.
Así entonces, en una funcionalización elemental (conceptualización del fenómeno político-jurídico en términos macroeconómicos y econométricos) podemos señalar que en los hechos, el presupuesto de egresos opera funcionalmente como una Constitución anual. Esto explicaría parcialmente la frecuente dificultad para su deshago y aprobación en tiempo, así como explicaría también cómo la participación o inherencia presupuestal de las Agencias Financieras Globales, se vuelve, en los hechos, uno de los factores de mayor peso político en la delimitación de la Agenda gubernamental.
En perspectiva de racionalidad instrumental (cálculo de causalidad u orientación medios-fines) lo más interesante de esta compleja relación, y donde veo una mayor ventana de oportunidad para el perfeccionamiento de nuestras instituciones, es justamente en el desarrollo de correspondencias entre los programas sectoriales y especiales, y los reglamentos y manuales de operación de las distintas dependencias, a efecto de que los Programas gubernamentales expresen homólogamente la estructura de potestades desarrolladas normativamente vía reglamentos, y se afiance una mayor concordancia de los mismos (armonización normativa) en mejoría del estado de Derecho y de la aplicación y el rendimiento presupuestal.
Lo anterior, mayormente en términos de que la incorporación de las líneas de acción de los programas, como funciones organizacionales propiamente especificadas en los respectivos manuales, afianza la observancia y aplicación normativo-administrativa de la vastedad y complejidad burocrática a la que cada área es expuesta y evidencia la vastedad de recursos que entre ejecución, fiscalización y administración, requiere la burocracia.
Plan sectorial vs. Plan ministerial.
Por último, el análisis de esta configuración funcional-estructural, nos lleva a observar un dilema semántico en la aplicación conceptual “Plan sectorial” vs. “Plan ministerial” (o “secretarial”); esto es, la observación de que no todas o cada una de las Secretarías de Estado configuran por sí mismas un “sector”, aunque alguna de ellas pueda sí aproximársele a dicha noción, ya que por sector, como dicho antes, se observa más bien un campo unificado de segmentación económico-administrativa, respecto del presupuesto, dentro del cual se implica más bien a un grupo específico de Secretarías de Estado, congregadas acaso temáticamente, de forma funcionalmente homologable bajo una denominación particular de “sector” (salud, seguridad, vivienda, etc.).
Lo anterior, como confusión teórica, tendría su origen en una refracción conceptual procedente de la importación terminológica de las ciencias exactas a las teorías macroeconómicas. Con esto, una aproximación teórica sistémica replantearía esta incorporación terminiológica para afinar el uso conceptual de términos como “segmento”, “sector” y “ministerio”, delimitando para cada uno de ellos un ámbito de aplicación particular. El caso de los segmentos, conforme a la propia perspectiva sistémica que hasta ahora hemos empleado, se observarían como las agrupaciones nodales o nucleares de la sociedad, derivándose de esto una aplicación más específica para describir la composición de lo social en su conjunto.
El concepto de “sector”, originalmente integrado a la Teoría de Administración Pública, a partir de las relaciones establecidas entre la Economía Política y la geometría analítica, resulta más bien aplicable para los segmentos presupuestales, esto es una particular acepción referida específicamente al universo de lo económico, administrativo y financiero (matemático), que resulta más claramente homologables funcionalmente mediante segmentaciones numéricas y tipologías específicamente cuantificables. En el caso de los segmentos del poder ejecutivo, o la administración pública, nuestra propuesta indicaría la necesidad de generar una conceptualización intermedia que no se entrecruzara con la teoría política que tradicionalmente ha observado la división de poderes y la propia segmentación del Ejecutivo.
Así pues la segmentación que supone la división por secretarías de Estado o “Ministerios”, cabría más bien ser designada para estos efectos de precisión conceptual con la categoría “ministerial” (cabría igualmente para este caso el término “ejecutivo/a). Y es que un programa sectorial, podría entonces diferenciarse de un programa o proyecto ministerial o ejecutivo, considerando que el primero apela particularmente a una segmentación funcional del presupuesto que puede agrupar incluso las funciones de diversas secretarías, órganos, órdenes o entidades del Estado, y el segundo podría ser más bien representado como proyecto particular de cada una de las Secretarías de Estado, comprendido específicamente como la agenda temática, legal, reglamentaria y organizacional de cada una éstas.
El manual de Organización como síntesis del funcional-estructuralismo estatal.
Las anteriores distinciones abordadas, permitirían dilucidar mejor, tanto la naturaleza jurídica de los planes sectoriales y especiales, como el lugar y el papel que en términos de jerarquía estructural deben mayormente desempeñar cada una de las secretarías de Estado. Lo contrario se relaciona con la posibilidad de una paradoja o parálisis operativa de la Administración Pública Federal (APF), ya que los programas sectoriales (como planes por secretaría de Estado) se ven afectados por un tipo de hipertrofia semántica, por estar mayormente propensos a la interacción política en la asignación presupuestal, que a la clara delimitación funcional y competencial establecida en la estructura legal y reglamentaria vigente. Derivado de esta situación, puede verse que la aplicación de los diversos programas va haciendo evidente que cada uno de los programas de la APF requiere una estructura reglamentaria particular, o que eventualmente se vea orientado a postular la necesidad de una Ley especial, como anexo específico de las atribuciones competenciales ya conferidas a la dependencia encargada de ejecutarlo, vía reglamentos o leyes orgánicas.
La integración es entonces, el resultado esperado de una puntualización teórica como la aquí propuesta, es decir la dilucidación funcional de equivalentes competenciales para la instrumentación más eficiente de los diversos programas de la APF, lo cual podría aventajarse significativamente mediante un ejercicio elemental de alineación de los manuales de operación y organización respectivos de cada área, con cada uno de los programas de secretaría que les corresponda.
Esto nos sitúa últimamente ante el desafío de la ampliación del análisis respecto de la convergencia de cada una de las funciones específicas derivadas de leyes reglamentos, circulares y oficios, con las líneas de acción contenidas en los diversos programas de secretaría que cada una de las áreas involucradas integre. Y para el caso específico del análisis por área, de las diversas unidades administrativas, plantea el desafío de armonizar, por área, la correspondencia entre líneas de acción contenidas en los diversos programas gubernamentales y las funciones y potestades específicamente asignadas a cada una de ellas vía reglamentos y manuales administrativos de organización.

 

 

Dr. César García Razo

 

 

La crisis como catarsis

De la mediatización del concepto de crisis a la construcción de políticas públicas. 

Frecuentemente se emplea en el argot mediático el concepto de crisis para referir que las cosas van mal; asociado esto, por lo general, a las cosas de interés público, a la res pública. Por el carácter inevitablemente subjetivo de las composiciones semánticas asociadas a dichos concepto (crisis) y propósito (denostación), para efectos de lograr aplicaciones puntuales, la orientación científica no puede menos que postular con mayor rigor los elementos constitutivos de un concepto. Precisamente puesto que las ciencias sociales trabajan con el lenguaje como herramienta fundamental, una primera observación requiere distinguir las implicaciones políticas y discursivas del uso de los conceptos, frente a la construcción teórica científica de los mismos. Esto es, que el concepto de “crisis” en la arena política es una herramienta que sintetiza posiciones de desvalorización de un estado determinado de cosas. Así, crisis se usa para referir aquello que está a punto de colapsarse, desintegrarse o dejar de funcionar, respecto de aquellos cursos de acción, propuestas, estructuras o posturas sostenidas por rivales o adversarios ideológicos y políticos.
El problema de comunicación mediática asociado a esto, es que mientras no haya una construcción conceptual teóricamente bien fundamentada de dicho concepto, su contenido proyectará inevitablemente la carga valórica y teleológica de quien lo está empleando: señalar crisis, equivale a negar posibilidades de ser, tanto en el presente, como en el futuro, y esto, es resultado inminente de una opción política determinada. Una reflexión teóricamente bien fundamentada del concepto crisis, requeriría su delimitación aplicativa a un campo diferenciado de análisis, así como una previa estandarización de observaciones particulares que indicara correlaciones específicas con algún indicador o grupo de indicadores límite, así como con algún dispositivo normativo, medida preventiva o acción específica, que fuera activada en supuestos predefinidos: esto es, la construcción del concepto de “crisis” como un dispositivo funcional, requeriría para efectos operativos, ser enmarcado en un esquema de acción legal, que conlleve efectos jurídicos concretos. No obstante la aparente dificultad de lo antes señalado, se trata de un proceso frecuentemente actualizado cuando se desarrollan aplicaciones funcionales plenas.
A este respecto, la política monetaria sirve de contraste adecuado: señalar una “crisis monetaria” supone que la moneda nacional, bajo el esquema de libre flotación, alcance un valor determinado, antes de lo cual no puede ni debe señalarse como “crisis” y después de lo cual, una vez actualizados los supuestos funcionales del esquema “crisis monetaria”, acciones específicas de política monetaria deben llevarse a cabo. En el caso de los “desastres”, y respecto del fondo para “desastres”, se requiere igualmente que un agente o agencia previamente habilitada exprese la calificación en cuestión (bajo la forma de “declaratoria”) para que entonces un fondo de recursos determinados sea canalizado y acciones específicas llevadas a cabo. No obstante la claridad de los anteriores casos, en la arena mediática suele extrapolarse esta estructura de racionalidad para fines de confrontación política. Así entonces se hace alusión a “crisis de seguridad pública”, “crisis de empleo”, o “crisis de derechos humanos”, postulando en ello, sin la debida fundamentación metodológica, supuestos que apelan a la emotividad y a la animadversión, instrumentados frecuentemente bajo cálculos político electorales.
En un estado democrático, esta realidad tiene cada vez menos cabida: la propia formación y generalización de conceptos y observaciones más complejas por parte de toda la sociedad, es lo que posibilitaría acceder a un mejor estado de cosas, específicamente a un mejor estado discursivo y a una mayor cautela, que nos blinde de la anomia y la indiferencia ante la normalización de generalizaciones semánticas de excepción, como ésta, que son usadas mediáticamente para propiciar procesos catárticos, transmutación de emociones colectivas etc., y que requieren más bien preservar su valor significativo y su rendimiento funcional, para ser de efectiva utilidad y motivación relevante en las ocasiones adecuadas, para movilizar cívicamente en su caso, en modos que posibiliten una reacción estructurada y recursiva, con soluciones que puedan replicarse y actualizarse a diversos casos similares, en modos que en suma, nos permitan construir políticas públicas incluyentes y eficaces.

El petróleo como parásito/ Artículo publicado

Una aproximación a la crisis en Medio Oriente desde la systemtheorie.

César García Razo

En este artículo me propongo explicar cómo en los acontecimientos de la sociedad mundial asociados al desplazamiento forzado de incontables ciudadanos en la región del Medio Oriente, pueden observarse relaciones directas con la generalización de estructuras de sentido de la sociedad, más allá de los planteamientos frecuentes de las teorías de la acción que centran como su objeto de análisis el comportamiento e interés particular de ciertos agentes y grupos, colocados en posiciones de influencia en las organizaciones políticas. Para tal fin, partiré de la perspectiva constructivista en que se soporta la teoría de los sistemas sociales de Niklas Luhmann, afirmando que la forma de observar y describir los fenómenos sociales, y sobre todo la comunicación que sobre los mismos desplegamos en nuestras interacciones cotidianas, son constitutivas del sentido mismo de la sociedad: re-crean el mundo que observamos y consolidan o renuevan estructuras e inercias aparentemente inamovibles. Nuestra observación señalará la relación entre los más recientes desplazamientos poblacionales en la región del Medio Oriente, ensayando algunas descripciones sistémicas, en términos de una posible orientación parasitaria de la economía del petróleo, como hipertrofia del consumo de energéticos a nivel mundial, o bajo la forma de paradoja en la comunicación sobre las fuentes de energía no renovable (frente a la generalización de las posibilidades tecnológicas para el uso de fuentes de energía renovable), que se debate actualmente en los países de la centro-modernidad, y que va impactando en la economía de los países de la moderno-periferia; todo esto aconteciendo ante la inobservancia de un adecuado mecanismo internacional de convención sobre la racionalidad extractiva del petróleo y el empleo de fuentes de energía no renovable. 

El petróleo hoy

El consumo actual de energéticos hidrocarburos resulta insostenible para el siguiente siglo, a partir de las más elementales observaciones de prospectiva sobre la cantidad de petróleo de la que se tiene registro mediante las ciencias geológicas contemporáneas. El estimado de reservas de crudo al año de 2014 es del orden de un billón seiscientos mil millones de barriles, mientras que el consumo mundial durante 2014 se acercó a la cifra de los noventa millones de barriles diarios. De este modo, hay una aproximación generalizada a partir de algunas observaciones científicas especializadas que comprende no más de cien años, y en algunos casos no más de cincuenta. Desde la systemtheorie el problema de la temporización es relevante porque “La necesidad de sincronizar el tiempo según las exigencias de las propias autopoiesis respectivas explica, por consiguiente, la emergencia de un mundo que independientemente de las cogniciones es tal como es. Los sistemas conmutan relaciones de tiempo por realidad, sin que con ello anticipen concretamente determinadas formas de sentido” (Luhmann, 2007: 85). Así, la alta dinamización operativa que ha producido el uso de esta fuente de energía se sintetiza en dos siglos de la historia de la humanidad en que la combustión de hidrocarburos alcanzó niveles de consumo generalizado hasta su agotamiento.  

Esta condición puede integrarse conceptualmente como una derivación de la noción de hipertrofia del consumo, lo que aquí especificamos como hiperconsumo de hidrocarburos, afianzado ya en los países de la centro-modernidad y en creciente expansión aún en los países de la moderno-periferia. El hiperconsumo consistiría en que un recurso geológico que no es renovable (crudo) sería agotado en un lapso de aproximadamente siete generaciones, en detrimento de las posibilidades de su uso para las generaciones posteriores. Además, su demanda y consumo hasta ahora, aventaja en tiempo a la posibilidad de que el procesamiento político de organizaciones internacionales produzca y aplique eficazmente estándares de racionalización para su extracción sustentable, es decir para que la extracción no produzca daños ambientales irreversibles. Por otra parte, la extracción del crudo a partir del cual se refinan los combustibles que propulsan actualmente a millones de vehículos en el mundo, fomenta al mismo tiempo un crecimiento progresivo de la industria automotriz de combustión interna a base de gasolina en los países de la moderno-periferia.

Los niveles de complejidad y contingencia que se observan en la sociedad moderna en relación con las formas generalizadas de uso, consumo y abuso de los recursos naturales, imposibilita la producción de cálculos asertivos que se afiancen en las estructuras de sentido de la sociedad como referentes inductivos de comportamiento. Es decir, la comunicación de la sociedad y la generalización de observaciones particulares sobre dinámicas económicas se dificulta frente a la diversidad de comprensiones del mundo (la naturaleza) y del hombre (lo social) que se procesan a través de las diversas organizaciones de la sociedad, de sus distintos segmentos, estratos, centros y funciones. Por lo anterior, no resulta viable, en términos de la perspectiva sistémica, aspirar a la proyección de estrategias de orientación sobre un consumo racional bajo la forma de planes de acción o proyecciones normativas que resulten eficientes, sino acaso a modo de ofertas de variaciones posibles, supeditados al teorema de la complejidad y contingencia antes referido. Se trata entonces desde esta perspectiva de esclarecer las tenues pero determinantes relaciones entre el desempeño de los roles cotidianos y la orientación general del sistema social. Se trata aquí de esclarecer cómo se conforman las estructuras de la sociedad mediante operaciones generalizadas masivamente. Además, la generalización creciente del hiperconsumo en el uso de transportes y la comercialización de vehículos automotores basados en la combustión de hidrocarburos, frente a las carencias reflexivas sobre el problema de su agotamiento geológico en los términos señalados antes, inciden decisivamente en las condiciones de tensión y conflicto internacional en las regiones de economía altamente petrolizada, que en su episodio más reciente se viene traduciendo como la oprobiosa violencia interna que aqueja a algunos países del Medio Oriente, y particularmente en Siria durante el curso de estos últimos cuatro años. 

En el plano analítico correspondiente a la historia reciente de las relaciones internacionales y el acoplamiento de la economía mundial durante los siglos XX y XXI puede verse que ante la magna emergencia de las economías de China e India, así como ante la reciente explotación de relevantes yacimientos petrolíferos en Siberia, la economía rusa ha desplegado estrategias extractivas mediante procedimientos irregulares (fraking) con el objetivo de posicionarse dinámicamente como proveedor principal de los requerimientos de crudo del continente asiático, disputando dicha posición a la economía Saudita y descolocando como efecto lateral, la hegemónica influencia transcontinental de Estados Unidos en materia de energéticos. Y es que pareciera que para Rusia “el sector petrolero es el salvavidas de Rusia” (…) y que efectivamente “Esto es como la segunda parte de la guerra fría, pero sin armas, solo con barriles de petróleo”. 

Sobre los desplazamientos poblacionales más recientes

Actualmente se registran más de 7.5 millones de desplazados internos por el conflicto de Siria y cerca de tres millones fuera del país. Es también una noticia generalizada, que tanto Rusia como Irán no están de acuerdo con EU y sus aliados, en que Al Assad es el responsable del conflicto actual en Siria. Y resulta notable en este contexto que países como Australia y Turquía están suscribiendo más abierta y decisivamente el apoyo a las posturas saudí-norteamericanas. Frente a esto, queda claro también que ni Rusia ni Irán están dispuestos a rescindir la continuidad de su apoyo y suministro de insumos bélicos al actual gobierno sirio. 

Independientemente de las deficiencias en la estrategia de confrontación de los problemas internos de Siria, de imprecisiones de cálculo humano en la observación del riesgo y el uso de armas; de enfoque del problema en suma, a lo que se le ha atribuido una buena parte de la tragedia humana hasta ahora, la emergencia de una organización con las características de ISIS en esa parte de la geografía de medio oriente ha resultado sumamente conveniente para tensionar más las relaciones de EU y sus aliados con el gobierno sirio, a través de las múltiples y complejas herramientas que estos países centro-modernos han consolidado en favor de la preservación de sus intereses económicos con soporte en la estructura poscolonial referida anteriormente y de la que enseguida daremos mayor cuenta, mediante la referencia teórica del orientalismo como estrategia de comprensión de estos procesos de inherencia, y a los conceptos de modernidad, tradición y liberalismo que le son correlativos. 

Actualización del Orientalismo

En particular referencia a la causa Palestina, Edward Said, elaboró una significativa teoría sobre los procesos de relación entre los países aquí llamados de la centro-modernidad y los países de economía petrolera de Medio Oriente, identificada con la categoría de orientalismo a través de la cual da cuenta de un proceso histórico que se remonta a épocas muy antiguas cuando comenzó a destacar la posición geoestratégica de esta región como zona de intersección para las rutas comerciales que vinculan al Oriente de Asia con Europa. Las confrontaciones de intereses comerciales entre los jerarcas del desierto y lo reinos europeos unificados bajo la identidad católica, arribaron al segundo milenio de la era cristiana con la proclamación de un estado de Guerra (Las Cruzadas) que se registra como una de los episodios más sanguinarios y lamentables que se asocian a la defensa de la religión. 

Pero la atribución de conflictos de naturaleza económica a motivaciones de carácter religioso ha sido frecuentemente una disposición particular promovida por la función económica, cuando en alguno de los bandos en conflicto, las organizaciones económicas se sobreponen en poder e influencia a las organizaciones religiosas y se arrogan el derecho de atribución de sus operaciones a motivaciones espirituales. El enfoque sistémico también permite observar que esta posibilidad se basa en los desbalances esporádicos entre las relaciones de estas últimas (organizaciones religiosas) frente a su ambigua dependencia y subsunción de aquellas (organizaciones económicas). Nótese que la superposición entre economía y religión ha sido una dialéctica histórica asociada al intercambio de mutua legitimación (lo que sistémicamente puede verse como una forma de heterorreferencia, desarrollada particularmente como “heterolegitimación”).

En este sentido, los países de la centro-modernidad han desplegado una compleja estrategia de contención a la expansión demográfica de las sociedades islámicas, que ha incorporado elementos de carácter confrontativo en todos los niveles sociales posibles. Al Medio Oriente se le ha construido en el imaginario social de los países de la centro-modernidad como una región de barbarie, contrapuesta a sus estructuras axiológicas fundacionales, así como a la misma religión del Islam se le ha distorsionado sistemáticamente, con la venia de las organizaciones eclesiásticas cristianas, a través de todos los canales de comunicación posibles (arte, espectáculo, prensa, medios masivos, pseudo-teoría en suma). 

La teoría de Said emerge como un contrapeso de significativo nivel teórico ante dichos dislates, en el seno mismo de la academia centro-moderna. Además de contextualizar desde una observación particular el sentido de esta tensión histórica entre los países de Europa y Medio Oriente, su teoría cobra mayor fuerza ante el orden emergente de la petrolización de la economía de estos últimos. No sólo es entonces una lucha por la dominación geostratégica de puertos y zonas de tránsito mercantil que conecta a dos regiones del mundo, sino además por la apropiación subrepticia de territorios que se observan con escasa densidad poblacional y en cuyo suelo se aprecia una riqueza natural inconmensurable. 

El consecuente desenlace de esta disposición unilateral hacia la mounstrificación de la otredad (la barbarización del musulmán y de los países del Medio Oriente) ha sido una reflexividad contestataria que de aquel lado termina por refractar igualmente dicho esquema, mediante la reciprocidad del rechazo y la animadversión, que no pocas veces ha alcanzado niveles de mediatización espectacular, como cuando se sanciona la transgresión criminal de ciudadanos extranjeros mediante la pena de Muerte. 

No obstante lo anterior, la observación histórica de los pueblos del desierto da cuenta de una arraigada orientación hacia la hospitalidad y la coexistencia pacífica entre los diversos credos en el seno mismo de la religión del Islam que se encuentra tan generalizada en aquella región, tanto como en este caso se puede dar cuenta de que la economía de los países de la centro-modernidad es altamente dependiente de la operatividad hospitalaria del turismo. ¿Qué es entonces lo que subyace a las crecientes formas de hostilidad, que son reproducidas al exterior tanto como al interior mismo en los países del Medio Oriente?

Lo que en este caso permite establecer relaciones significativas entre la teoría del orientalismo y la crisis actual de Siria es el hecho de que en términos de inmediatez local temporal, los últimos eventos de este conflicto, con los que se relaciona directamente la crisis de humanitaria de despojo y migración forzada, tiene que ver con la aparente emergencia del citado grupo de reaccionarios musulmanes autodenominados Estado Islámico, que desempeñan conveniente y paradójicamente para los intereses norteamericanos y hasta cierto punto también para los sauditas, un doble rol en la arena de la confrontación mediática por los recursos de Medio Oriente. 

En favor de los intereses norteamericanos ISIS representa la versión orientalista contemporánea del bárbaro musulmán, ese que desdeña o se distancia de los valores supuestamente universales de la modernidad liberal. En favor de los intereses sauditas, la emergencia de ISIS socava la entereza del régimen de Damasco que en recientes fechas está dando muestras de adhesión a los intereses Rusos que compiten directamente con la dinastía petrolera Saudita por el abastecimiento de crudo para Asia Oriental. No obstante la anterior paradoja (el aparente doble rol) dificulte concebir a ISIS como un artificio instrumental, el teorema de la doble contingencia da cuenta cómo una pretensión instrumental del poder, se traduce justamente en efectos paradójicos, tecnificando nuevamente la complejidad, o en términos sistémicos, reduciendo complejidad mediante nuevas paradojas. Sobre el problema de la paradoja, puede verse en Luhmann: “Si nos preguntamos cómo se trata el problema de la paradoja del observar, hay que presuponer que no puede ser ‘resuelta’, en el sentido que después ya no exista […] Sigue siendo posible, en cambio, desdoblar, desenrollar o desplegar la paradoja […]” (Luhmann, 2010: 159).

Así, puede verse que los más recientes virajes discursivos en la política internacional (de la no intervención a ciertas formas de intervención) en favor de las causas humanitarias, constituye un desarrollo del sentido bajo la forma de hospitalidad y solidaridad, a través de la creciente internacionalización de la ciudadanía que se adhiere voluntariamente con los casos que alcanzan mayores niveles de resonancia a través de los mass media, y ahora también a través de las redes sociales, como se ha visto con la respuesta ciudadana de Islandia y Alemania, a la crisis en Siria.

En este orden de consideraciones, la inherencia como disposición liberal de la política exterior de los países central-modernos, puede verse como un subproducto limitado de las teorías de la acción, asumidas como factor de heterolegitimación con recargo en sus organizaciones académicas, en el sentido de que solamente estas teorías des-conocen la contingencia de la sociedad y autopostulan su potencia explicativa de la diferenciación social, bajo la condición de que las diferencias observadas (contraste) se rijan por un principio de subsunción en favor de los postulados de socialidad moderna de la teoría observadora; es decir, que la centro-modernidad ha observado la no modernidad, primeramente desde la perspectiva de un agente de control, desde un plano de superioridad, desde una motivación utilitaria, más allá del compromiso humanitario que una observación con estos condicionamientos pueda generar. Pero la dimensión de sentido subyacente a este discurso moderno de la inherencia, asociado a la hegemonización de valores y prácticas, como en este caso el liberalismo económico (prácticas de libre mercado que se traducen en reforzamiento de las corporaciones trasnacionales para la rentabilización de los recursos naturales) y del liberalismo social (que se traduce en la dislocación de las estructuras de integración social familiar a través de las cuales en los países periféricos se ha contenido hasta ahora la nueva colonización económica centro-moderna), convoca también a la ciudadanía que participa y se adhiere en favor de las causas humanitarias a des-colocar las observaciones y comunicaciones a través de las cuales se denostan a las formas de vivencia moderno-periféricas, porque el análisis sociológico como el que aquí se desarrolla advierte que sus problemáticas confrontaciones internas son sobre todo una resonancia de los desbalances de la orientación predatoria de la economía global, que asedia a las poblaciones moderno-periféricas, bajo la forma de un complejo entramado de estructuras de normalización, estimuladas inadvertidamente por la generalización del hiperconsumo del que enseguida daremos mayor cuenta. 

La paradoja de la comunicación sobre las fuentes de energía renovable y el hiperconsumo de hidrocarburos como parásito del sistema social

La hipertrofia del consumo de fuentes de energía no renovable, aquí referida llanamente como hiperconsumo, se muestra como una problematización teórica del propio consumo, considerado asimismo como un medium de la comunicación, un horizonte de posibilidad para la producción del sentido social, por derecho propio, en el seno mismo de la perspectiva sistémica, en tanto que dicha operación de la sociedad (el consumo) sintetiza a su vez el conjunto particular de operaciones a partir de los cuales queda satisfecho el teorema de la comunicación en sus tres aspectos: selección de la información—darla a conocer—comprender dicha información. “Esto es válido para todos los componentes de la comunicación: para la información (information) que sólo sorprende una vez; para el darla-a-conocer (Mitteilung) que —como toda acción—está ligado a un punto momentáneo en el tiempo, y para el entenderla (Verstehen) que no puede repetirse sino a lo sumo recordarse” (Luhmann, 2007: 49). Es decir, la propia operación del consumo se integra al análisis de lo social como una forma de la observación. Sobre esto afirma el propio Luhmann: “Independientemente de lo que la ciencia sea y cómo se distinga de otras actividades, sus operaciones son en todo caso una observación y, cuando se elaboran textos, una descripción. En el consumo general de la sociedad y también en la ciencia, el conocimiento se genera únicamente como resultado de observaciones” (Luhmann, 1996: 60). También podemos aquí considerar las distinciones señaladas por Hellmann como consumo/dinero, o trabajo/capital. Si profundizamos más en la propia concepción sistémica de la función, como “esquema lógico regulador que organiza un ámbito de comparación de efectos equivalentes” (Luhmann, 1973: 20) veremos que la propia diferenciación funcional del sistema económico muestra un ámbito sistémico parcial, plenamente diferenciado que consiste justamente en la manera como las sociedad comunica y representa su formas de locomoción y tecnologización del confort, incluso construidas semánticamente en los países de la centro-modernidad, como “necesidades básicas”. 

En este contexto cabe entonces observar la propia hipertrofia del consumo en materia de energéticos, o hiperconsumo, como un parásito mismo del sistema económico, ante la carencia de reflexiones más generalizadas en torno al problema de la geología en que se fundamenta la racionalidad extractiva, y también de la racionalidad polutiva, de los recursos energéticos no renovables a través de los cuales se continúa dosificando y regulando la generalización de la economía industrial moderna, no obstante ya existan provisiones del sistema ciencia suficientes para re-orientar el paradigma del consumo energético no renovable hacia fuentes plenamente renovables como la energía eólica y solar. El punto sería entonces distinguir el concepto de parásito como una contra-disposición de sentido, partiendo de la reiterada consideración de que los sistemas sociales no se observan aquí como entidades de base material o energética. Un sistema así pensado resulta una composición de relaciones, una estructura de estructuras, si se quiere, que satisface además la posibilidad de recrear sus propias relaciones con los elementos de que ya dispone, de recrear sus distinciones a partir de sus propias distinciones, o lo que es definido por Luhmann como autopoiesis. Un parásito entonces resulta una categoría relacional, que expresa esa contra-disposición/orientación/recursividad respecto de una observación que señala una disposición/orientación/recursividad como médium de su forma parasitaria. Se trata entonces de un conflicto de sentido, de acumulación de significados, bajo la forma de paradoja semántica, y no de un conflicto social meramente, como se podría llegar a confundir en caso de perder de vista la dimensión de sentido en la que se fundamenta esta peculiar forma semántica referida como “petróleo”. 

Con el concepto de parásito aplicado al caso de nuestro interés, podemos ver en última instancia que lo que puede identificarse en todo caso como hiperconsumo de los recursos energéticos no renovables constituye una forma de sentido que es observada desde la racionalidad ambiental, (ambientalismo, ecologismo, moderno-periferia o no modernidad en suma) como un parásito de la sociedad mundial. Y que igualmente, la racionalidad ambiental, de la energía renovable o la polución, representa un correlato parasitario, o parásito de la sociedad moderna frente a la propia orientación y generalización de la centro-modernidad.

Conclusión

Lo anteriormente señalado nos lleva a considerar que la sumatoria de los pequeños impactos cotidianos del hiperconsumo mundial, constituyen inadvertidamente el contexto de posibilidad para que las regiones propensas a la extracción predatoria padezcan como consecuencia una agudización por la competencia de sus propios recursos al nivel interno, así como una polarización de posturas políticas entre sus propias organizaciones, y eventualmente conflictos que adoptan los inasibles rostros de la complejidad y la doble contingencia de lo social; que aparecen como órdenes emergentes bajo formas de una hiper-violencia abigarrada y subrepticia, frecuentemente tan incomprensible como inescrutable; como correlato mismo de ese hiperconsumo abigarrado y subrepticio que sigue generalizándose mediante la réplica de las disposiciones de la economía centro-moderna en los países moderno-periféricos. Más allá de la adopción de posturas discursivas o disposiciones de operatividad internacional beligerante, como la del choque de civilizaciones de Samuel Huntington, la systemtheorie aspira a la dilucidación, mediante el análisis funcional y la identificación de estructuras de equivalencia, a la observación de las delgadas y tenues líneas de relación que subyacen a la comunicación de los aparentemente dispares e inconexos acontecimientos del orden mundial. De acuerdo con lo que esta postura sociológica fundamenta, ningún acontecimiento, en su abigarrada e inasible manifestación, puede observarse desvinculado de las estructuras de sentido, que contienen y modelan las operaciones generales de la sociedad. No se trata aquí con esta observación sistémica de afirmar o promover un curso de acción particular; no estamos aquí por la formación o diseño de un modelo normativo ni general ni específico; ningún tipo de reforma nos interesa promover más que la reforma de la observación, pues en esto se distingue la systemtheorie de otras perspectivas y disciplinas sociales (de la ciencia política, y aún de las sociologías críticas, o accionalistas). 

Se trata aquí de observar que la generalización de las estructura axiológicas de la modernidad, afianzadas en los países moderno-centrales y emergentes en los países moderno-periféricos, no significa que las organizaciones, grupos o individuos que objetan o ralentizan las formas que va cobrando dicha generalización pro-moderna en sus regiones particulares, requieran ser observados como monstruos; puesto que la complejización de la sociedad, dígase modernidad, se trata ante todo de procesos de diferenciación social que obedecen a diversas lógicas en función de la diversidad de precedentes históricos y de la diversidad de representaciones del mundo que se han articulado en las distintas geografías del planeta con base en necesidades regionales muy concretas; se trata en suma de una correlación inversa que en todo caso posibilita mutuas exploraciones de sentido en ambas regiones de lo social. Es decir, que conviene recordar que una modernidad central es posible porque una periferia menos modernizada, en conjunción con los ámbitos de socialidad no moderna, dan contención y restringen la posibilidad del agotamiento ambiental. En otros términos, si la modernidad de la sociedad moderna fuera generalizada universalmente hoy de tajo, los recursos planetarios no bastarían para sostener dicha modernidad universalizada. Si todos los habitantes del mundo tuvieran un dispendio de la cantidad de papel o hidrocarburos normalizada para un ciudadano centro-moderno promedio, los bosques y las reservas petroleras se agotarían súbitamente, con su consecuente catástrofe. No se trata tampoco de abogar por la intervención o la no intervención internacional, sino de esclarecer que cualquier curso de acción al que pueda adherirse la participación ciudadana internacional, enfrenta como condición de posibilidad, la observación de la doble contingencia como paradoja de colocación o des-colocación de cualquier tipo de prejuicio hacia otras formas de vivencia, incluso en contra de la comprensión de otros esquemas de valores políticos y sociales; de otras correlaciones de sentido que comprenden diversos abordajes en materias de tecnología y mediatización, nutrición y medicina, género y familia, reproducción y sexualidad, participación política y sancionabilidad penal, educación, empleo y hasta sobre las formas del ocio, entre muchas otras; y de esclarecer también, que en el entramado complejo de la sociedad contemporánea los sistemas de sentido, problematizan, mediante la forma de conflicto, la paradoja de la exclusión de la sociedad, cuando se generaliza el desconocimiento de la unidad del sistema social, con planteamientos de tipo, “eso no tiene que ver conmigo”, puesto que más allá de las diferencias aparentes, lo que también las observaciones sistémicas nos señalan, es que nada de la sociedad nos es ajeno.

Referencias: 

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Luhmann N. (1996), La ciencia de la sociedad, Madrid, Anthropos-UIA.

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Hemerografía:

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Laherrère, J. “The Coming Global Oil Crisis”, en Laherrère, enero, 2013, http://oilcrisis.com/laherrere/

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Revista Migraciones Forzadas (2014), Oxford University, número 47, septiembre.

Revista The economist (2015), september 12th-18th.

Discriminación racial y xenofobia desde un enfoque teórico social

Desde el enfoque teórico que aquí propongo, la discriminación racial puede observarse como una de las más grandes estulticias de la sociedad contemporánea, por basarse mayormente en la prevaleciente imposibilidad, por parte de una minoría de la sociedad centro-moderna, de conformar en su análisis un concepto de ser humano que integre la dimensión ética y psíquica como parte de la plenitud del Ser. Esto puede pensarse, es la resultante estructural de la acumulación y recreación individualista moderna del des-conocimiento (como des-construcción en lugar de ignorancia) del papel que juegan la virtud y los valores sociales supremos –la fraternidad, la solidaridad y el desapego– como elementos constitutivos de lo social, y particularmente distintivos de lo humano. 

El des-conocimiento del valor supremo de la bondad, como principal rasgo humano, es llanamente de tan graves consecuencias, que conviene bien su revisión, a efecto  de preservar y acrecentar los estados de paz social que han hecho hasta ahora posible el desarrollo de los intercambios y acercamientos comunicativos de la sociedad mundial en su conjunto. En este orden de ideas, cabe decir que la sociología por sobre cualquier otra disciplina contemporánea, hace suya la vocación de evidenciar las falacias miméticas de la sociedad y de proveer los medios de contraste que posibiliten un discernimiento más prístino del efecto y del impacto que obnubilaciones como ésta representan. 

En un primer nivel de análisis, correspondiente a la tematización más superficial y frecuente, mediante la Teoría del Eros (Marcuse y Simmel entre otros), la discriminación racial puede describirse también como la obnubilación del ego individualista centro-moderno, circunvalando en torno de la forma de la apariencia, y la superposición de los patrones de belleza artificialmente reconstruidos por la disposición inercial de mímesis con los baluartes de las clases vencedoras a lo largo del proceso de colonización; como un “eros” casual y particularmente contemporáneo de este momento de la historia, cuya vigencia y legitimidad se dirime cada día en las diversas esferas sociales, a través de la inversión de recursos que los partícipes de ese símil –su semejanza con los colonizadores de acuerdo con los más recientes desenlaces de la historia contemporánea– se esfuerzan en preservar, frente a quienes desde las diversas apariencias de la otredad, impulsan sus expectativas de inclusión. 

Una siguiente consideración teórica nos puede aproximar a la noción de que otro aspecto primordial de lo “humano”, estriba precisamente en su forma como medio de comunicación. Esta forma, sin embargo, no queda agotada en el falaz artificio del “logos” o la “tekné” (técnica, o más propiamente “tecnología”) como principales supuestos diferenciadores de lo propiamente “humano”, como frecuentemente se deriva de la inercial mímesis colonizante, que justamente por medio de la “tekné” afirma su diferenciación y fundamenta su noción de superioridad. Una revisión histórica, para estos efectos ad hoc, nos recuerda que la tekné ha mostrado también ciclos de ascenso y declive en todas las latitudes y épocas habidas. 
En el caso particular del “logos” (sea interpretado como ciencia, o lenguaje), cabe observar que es apenas y especialmente bajo el influjo de la modernidad y sus consecuentes rupturas con la Tradición, que emerge “la palabra” como un nuevo tipo de fetiche generalizado. Esta “fetichización” del lenguaje, puede verse ahí donde se espera que los rasgos de humanidad cobren la forma de una expresividad verbalizada y compleja, que últimamente se asume y proyecta más bien como forma al servicio de la diferenciación o la exclusión. 

Ahí donde la horizontalidad de la sociedad cobra vigencia bajo la forma política de “democracia constitucional”, una nueva paradoja diferenciadora se vuelve posible, ahora mediante el rostro del dominio “técnico” del lenguaje. Esto es, la superposición de las formas específicas de razonamiento verbalizado por sobre la potestad individual de sufragio, en el caso de las operaciones consensuales de todos los niveles de la sociedad, que por principio de cuentas, al amparo de la racionalidad horizontal y contractualista de la noción más generalizada de democracia nos concierne y corresponde esencialmente a todos los ciudadanos por igual. (No basta Ser, ni parecer, ni saber, además hay que saber decir).

Para citar un ejemplo, el hecho de que un ciudadano perteneciente a una etnia tradicional no pueda o quiera (para este caso da exactamente igual) instruirse en las formas complejas o técnicas de ese lenguaje “Otro” (español, álgebra o teoría política), no quiere ni puede significar que su derecho al sufragio político electoral deba ser condicionado, o que los votos de quienes están mejor instruidos en esas materias deban contar formalmente más. Esa construcción de capacidades de influencia particular puede gestarse en la arena de la comunicación casual de forma espontánea, pero no puede normalizarse bajo una forma legal so pena de atentar contra el principio horizontal de la democracia y los derechos fundamentales, en que está construida precisamente la normalidad de la paz social vigente.

Cabe observar también en este punto, que otras formas de conocimiento, entendimiento, conciencia, certeza y sabiduría (distinciones abordadas por Platón, en de Teetetes o el conocimiento) existen y prevalecen en los ámbitos periféricos de la modernidad, en muchos casos también de forma deliberadamente no verbalizada –y en esto puede verse el signo distintivo de la oposición entre Tradición y Modernidad– como un justo factor de diferenciación o identidad que da sustento y contexto a formas de vida ancestrales, que por demás, soportan y dan contención a los exabruptos mismos de la centro-modernidad para con el medio ambiente. 

De hecho, en el amplio concierto de la experiencia y vivencia de lo humano –en términos de mundialización de la economía y la generalización del consumo– la “tekné” contemporánea queda en deuda manifiesta con el conjunto de la civilización humana, por el impacto desmedido e imprevisto que las intromisiones antropogénicas produjeron en los ciclos naturales y geológicos; como bien puede comenzar a observarse con mayor nitidez en las recientes variaciones climatológicas y en la descomunal crisis de extinción de numerosas especies de nuestro biohábitat. 

Mientras esta devastación ambiental acontece impulsada mayormente debido a las formas de vida de la población de la centro-modernidad, desde donde se ejerce la más pujante y amenazante discriminación racial hoy en día, en las periferias se preservan –mediante la modulación rigurosa de la tekné y el logos– las dinámicas del habitus ancestral de incontables seres humanos, que por demás, opera como una estructura de contención para toda la propia especie humana. Ignorar esto, desconocer que el habitus moderno (desarrollando la propuesta conceptual de Bourdieu, como un conglomerado de formas de uso, consumo y abuso en la vida cotidiana) es actualmente sustentable en la proporcional medida en que no es generalizado universalmente, equivale no sólo a desconocer la gran deuda ambiental que la sociedad centro-moderna acumula frente a las poblaciones periféricas, sino que constituye un gran riesgo de desbalance en términos de seguridad humana y securitización biosférica (con el concepto de securitización en la Teoría social se postula el problema de la preservación misma de la vida humana en este planeta). 

El consecuente desconocimento que de esta postura se deriva, implica afianzar la posibilidad de emergencia de las notables catástrofes que ya anteriormente asolaron a la sociedad mundial. El desconocimiento de la interdependencia biosférica que nos conecta a todos los habitantes del planeta actualiza mayormente riesgos y desafíos globales. El asinamiento o depauperación de poblaciones marginales en las regiones más remotas por ejemplo, se traduce potencialmente en la mutación de nuevos virus y emergencia de nuevas epidemias que el agua y el aire pueden transportar igualmente por todas las geografías. El descontento y resentimiento de las asimetrías globales se traducen igualmente en potenciales amenazas para la seguridad interior de los países con mayor acumulación de bienestar. 

Así entonces, el componente de comunicación que caracteriza y diferencia primordialmente a lo humano, más allá de la “tekné” y del “logos”, incluso del “eros”, sería justamente lo que el pensamientos clásico y la propia Teoría social moderna ha semantizado como “ethos” (de donde proviene ética): la disposición a comunicar y compartir los elementos que hacen posible la vida comunitaria; un modelo de comportamiento que nos permite a todos compartir armoniosamente las fortunas y bondades ofertadas libremente por la naturaleza. 

Es mayormente claro, en estos momentos de la historia que más allá del derecho a ser diferente, y del derecho a migrar, una gran parte de los movimientos poblacionales tienen que ver justamente con la asimétrica concentración de estos bienes y recursos en todo el orbe, y la problemática pretensión de subsumir toda “otredad” en las formas hegemónicas centro-modernas, como condición de inclusión. Y es también manifiesto que las tensiones por las reacciones de la movilidad poblacional en este contexto, traducidas como discriminación racial, y su consecuente xenofobia, se exasperan y dinamizan mayormente por efecto de una limitada concepción tanto de lo natural o la naturaleza, como de lo humano. Aquí es donde un re-valorización de estos conceptos se vuelve crucial para una mejor comprensión de nuestra interdependencia y unicidad como especie.

Sobre el Centenario de la Constitución Mexicana

Extracto de la entrevista al Dr. César García Razo para Inclusiva.

¿Cuál es la importancia de una Constitución hoy?


CGR: Hablar de la importancia de la Constitución es tanto como hablar de la importancia del derecho o de la política en su conjunto. Por tanto hay que comenzar a partir de estos conceptos. En un nivel básico, en su generalidad, la política puede considerarse como el oficio de colaborar para hacer converger la voluntad de las personas en el logro de objetivos comunes; esto puede observarse igualmente como un arte, por parte de quienes consideran, que llevarlo a cabo requiere vocación, talento y un largo trabajo de preparación; como una técnica por quienes postulan que mediante la experiencia puede lograrse algún tipo de pericia en esta materia, y es visto como una ciencia por quienes observan a través de los referentes académicos que han establecido postulados de recursividad que dan pauta para señalar ciclos evolutivos en el hacer de la política, tanto como en el comportamiento de los que se dedican a la política y de la propia sociedad. Estas observaciones pueden conjuntarse más o menos de acuerdo con las previsiones y experiencia de cada uno de los observadores del fenómeno político, para crear distintos conceptos y nociones sobre la política. 

Con todo esto, para el enfoque sistémico social, la política es un mecanismo de generación de decisiones colectivas vinculantes. 
Por otra parte, el concepto de lo legal puede observarse como un mecanismo de la sociedad para proveerse a sí misma de reglas, es decir, de formulaciones verbales o lingüísticas, que establecen los límites o alcances del actuar de la sociedad, de las posibilidades de acción frente a lo que es público, y los límites de la acción estatal, que condensa las facultades de poder, que le han delegado los ciudadanos para efectos de dirigir y organizar mejor los esfuerzos colectivos. Con esto, el enfoque sistémico social, plantearía el concepto de lo legal, como un mecanismo que regula la conversión de expectaciones normativas y cognitivas. 

La Constitución, podemos entonces entenderla como un mecanismo de acoplamiento estructural entre los órdenes de la política y del derecho. Esta es la manera como Luhmann describe específicamente el concepto de Constitución. Esto es, que la dimensión de formulaciones lingüísticas, que están expresadas en un documento escrito y que constituyen los fundamentos básicos, los lineamientos, el marco de operación del sistema jurídico, el fundamento último del derecho de un país en su conjunto, es a su vez la forma específica que determina los alcances y límites del ejercicio de la acción pública, es decir del despliegue del poder. 

Entonces, la función de acoplamiento estructural quiere decir que el poder se regula a sí mismo a través de una forma gramatical en donde se condensan las expectativas generalizadas de la sociedad respecto de lo que son las mejores posibilidades, o el mejor ser del grupo social en el que esta Constitución se expresa o a la que da forma específica. 

De este modo, un concepto muy elemental de Constitución puede señalarla como la ley suprema de un país, como el orden aspiracional o el libro que expresa el ser ideal de una sociedad, y ambos elementos son igualmente válidos e igualmente explicables en su profundidad a través de la observación de estos conceptos de lo político y de lo legal, como los hemos abordado anteriormente.

¿La Constitución se trata de un texto que deban acercarse a conocer todas las personas o se trata de un texto para especialistas que sólo algunos cuantos letrados pueden y deben conocer y aplicar?

CGR: En el ámbito del derecho esto se ha tratado de formular mediante simplificaciones, que en mi parecer no contribuyen a una mejor reflexión o comprensión de lo que puede observarse respecto del concepto de Constitución. Lo que propongo entonces, es observar que la Constitución es un concepto polisémico, complejo, multidimensional y multidisciplinario, que puede ser asido desde las diversas disciplinas y teorías sociales y abordado desde los diversos niveles de entendimiento que se expresan en la sociedad; hay una parte de la Constitución que requiere ser conocida y aprendida por todos los ciudadanos, como ya se encuentra reconocido en diversos manuales de civismo de éste y otros países; por ejemplo los derechos fundamentales son un apartado de la Constitución que sería bueno que los ciudadanos conocieran y aprendieran, en algunos fragmentos incluso de memoria. Y esto favorecería que desarrolláramos mayormente nuestra sociedad de derechos, puesto que la primera condición para que una Constitución sea útil y relevante para el mejoramiento del desempeño social, es justamente que los ciudadanos se involucren mayormente en conocerla, comprenderla, y también en tratar de asir cada vez más, con mayores y mejores elementos, las dimensiones conceptuales, los problemas teóricos que van implicados en los fenómenos del poder y del derecho. Entonces en un nivel básico hay una Constitución para todos, que estamos obligados a conocer, estudiar y aprender incluso todos los ciudadanos por el solo hecho de serlo, y en un nivel siguiente hay dimensiones disciplinarias particulares para cada ámbito de las ciencias y las humanidades, que brindan sentido y referentes distintos para cualquier observador que se interese por conocer más del fenómeno constitucional. Respecto del propio derecho, en la Constitución se concentran disposiciones de diversas materias jurídicas, relativas al derecho civil, penal, agrario, mercantil, público, internacional etcétera, y al mismo tiempo hay otros órdenes de observación posible mediante la teoría de la comunicación, de las relaciones internacionales, la sociología, la ciencia política, la antropología, la historia, la lingüística o la economía, y otros tantos posibles enfoques disciplinarios que pueden ser empleados para observar el fenómeno de lo constitucional. 

Desde mi punto de vista, una síntesis idónea para comprender el fenómeno de lo constitucional supera o trasciende esta dicotomía elemental, en el planteamiento de que la Constitución se debe considerar como un texto accesible para todos o como un texto para especialistas, jueces o abogados en particular. La Constitución ofrece cuando menos estos dos aspectos, y uno de ellos convoca mayormente a todos los ciudadanos a interesarse en su Constitución para tener mejores rendimientos sociales, y por otra parte convoca también a la especialización muy particular de abogados constitucionalista y jueces, para propiciar que sea aplicada eficazmente a los casos particulares. Ambos aspectos actualmente, siguen siendo uno de los mayores desafíos para el mejoramiento de nuestra sociedad. Los litigios constitucionales requieren ser mayormente estimulados en nuestro país, por supuesto con la inversión de recursos materiales y confianza por parte de los ciudadanos en el gremio de los juristas, y los abogados constitucionales requieren formarse con mayor profundidad y amplitud teórica también para dinamizar la aplicación de los postulados constitucionales a los casos particulares de su atención.
Entonces la Constitución no es sólo una reflexión sobre el Estado del Poder, como lo planteó Ferdinand Lasalle en su célebre texto, sino que hoy en día puede observarse con mucha mayor amplitud, tanto en su dimensión práctica como en su aspecto aspiracional; es pues, para decir lo menos, una dimensión polifascética de la sociedad. 

¿Cuál es la importancia de contar con una Constitución que se ha preservado de alguna manera estable durante estos cien años, pero que también presenta la paradoja, que muchos constitucionalistas señalan, de que se trata de otra Constitución diferente a la de 1917, dado el amplio número de reformas que ha sufrido? ¿se trata de la misma Constitución o es otra distinta? y ¿qué centenario celebramos o porqué habría que celebrarlo entonces?

CGR: Estas preguntas plantean una problemática compleja; en términos de teoría, lo complejo no quiere decir complicado o irresoluble, sino policontextural; esto es que en la teoría constitucional hay muchas maneras de abordarlo, y por ahora vamos a partir de considerar los aspectos más elementales. Desde un punto de vista del solo contenido gramatical, en términos de una observación por cantidad de palabras para hablar de algo absolutamente accesible para todos, la Constitución se ha engrosado o ampliado, es decir ha incrementado su cantidad de palabras por aproximadamente unas tres veces. Para citar en este punto un referente muy puntual del que tenemos noticia tras nuestras más recientes revisiones, la Constitución de 1917 tenía alrededor de unas 22,000 palabras; la Constitución que tenemos hoy cuenta con alrededor de 70,000. En esto también pueden observarse variaciones de acuerdo con el método de contabilización que se utilice, por ejemplo en la incorporación o no incorporación a dicha contabilidad de los artículos transitorios. Esta observación particular la desarrolló el Dr. Héctor Fix Fierro del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, y fue publicada en un artículo de la revista Nexos, por estas mismas fechas hace algunos años. En este sentido, la Constitución que tenemos actualmente es tres veces más extensa que la de 1917, y por otra parte tenemos también el dato muy puntual de que solamente 22 artículos de los 136 que componen nuestra Constitución se han preservado en estos cien años sin ninguna modificación en lo absoluto, mientras que el resto se ha modificado inconmensurable cantidad de veces. Hay muchos métodos de estudio para cuantificar las reformas a la Constitución. Pero lo más significativo, para entrar en una observación esencial de lo constitucional, si consideramos a la Constitución como un mecanismo de acoplamiento estructural entre los órdenes de la política y el derecho en los términos referidos anteriormente, es que al organizar las aspiraciones de una sociedad y la forma política que estas aspiraciones adoptan, veremos que el texto constitucional como lo tenemos actualmente ha variado significativamente. 

Uno de los aspectos medulares, en este orden de ideas, tiene que ver con las formas de comprender la economía nacional en la Constitución del 17, que han variado significativamente respecto de lo que tenemos al día de hoy como efecto del fenómeno social que conocemos como globalización, o en términos sistémicos, acoplamiento económico de la sociedad mundial. Esto es que mientras que la Constitución del 17 contemplaba un concepto de soberanía altamente cerrado, muy enfocado en preservar las potestades de la organización estatal sobre su territorio, y muy celoso frente a cualquier tipo de interferencia o participación extranjera respecto del manejo de los recursos nacionales, hoy en día tenemos una Constitución mucho más flexible, que posibilita que haya participación de capital privado en el manejo de áreas prioritarias de la economía, como en la extracción de recursos naturales o de hidrocarburos, y de otra serie de disposiciones que tienen que ver justamente con este acoplamiento de la economía nacional a un entorno global de competitividad entre compañías e inversiones que provienen de todas partes. 

En términos sociales tenemos también una Constitución que ha reorientado su perspectiva y resignificado su concepción del ser humano, sobre todo a partir de la reforma de 2011, con una reforma mayúscula a la parte dogmática de la Constitución, que ha sido una verdadera revuelta o evolución constitucional para darnos un nuevo nivel de ciudadanía. En 2011 se modificó el artículo primero, y otros más, de una manera tal que tiene profundas implicaciones teóricas y operacionales para el universo del derecho; esto fue respecto del sentido de la propia Constitución como un instrumento que reconoce la dignidad humana y sus derechos, en lugar de sólo otorgar garantías como se establecía anteriormente. A través de esta innovación se esclarece que la Constitución actual reconoce una esencia previa y fundamental del ser humano, una dignidad que se protege, garantiza y defiende por virtud de su mismo texto. Esta particular modificación, así como una interpretación que a la postre hizo la SCJN ese mismo año y que vino a afianzar el sentido de la propia reforma, constituye uno de los parteaguas más importantes de lo que podemos considerar como la evolución de la Constitución actualmente. Esto es que mediante el reconocimiento de los tratados internacionales en derechos humanos firmados por nuestro país, y por la aprobación del Senado, nuestra Constitución es una de las Cartas magnas que más se explayan en reconocimiento de derechos humanos a nivel mundial. Es decir, por esta reforma, los mexicanos tenemos legalmente reconocido uno de los catálogos de derechos humanos más extensos del mundo. Nuestro artículo primero en el momento que establece que los tratados internacionales en materia de derechos humanos que nuestro país ha suscrito tienen igual de validez que el resto de la Constitución, está ampliando inmediatamente el catálogo de derechos humanos de los mexicanos, en los términos ya señalados. Esto es de tal manera, que al día de hoy, nuestros más versados eruditos en materia constitucional, los más eminentes investigadores del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM no han llegado a un consenso unánime sobre la cantidad exacta de derechos humanos que al día de hoy tenemos todos los mexicanos. 
Estos dos cambios que ha sufrido nuestro ordenamiento constitucional son ya una buena base para argumentar con pleno sustento teórico, como lo hemos venido haciendo, que nuestra Constitución es ya una Constitución diferente, renovada, tanto en su base textual como en su sentido esencial, en lo económico y en el reconocimiento de derechos. 

En este orden de ideas faltaría además incorporar una observación sobre lo que comprendemos como la parte orgánica de la Constitución, que es el apartado de artículos que se dirigen específicamente a señalar cómo se articula la organización del Estado: la división de poderes, el régimen federal, las elecciones, la composición de los órganos constitucionales autónomos y otra serie de previsiones orientadas a configurar la estructura funcional del Estado. Y esta parte también ha sufrido importantes transformaciones, siendo notable a este respecto, que el artículo que más transformaciones ha sufrido es el artículo 73, en el cual se establecen las potestades del Congreso de la Unión, que refleja cómo hemos transitado de un presidencialismo rígido, a una fórmula particular, casi única en el mundo, de presidencialismo flexible, del cual se han desagregado muchas facultades ejecutivas para configurar órganos constitucionales autónomos como el INE, el BANXICO y la CNDH, que han restablecido y dinamizado en diversos momentos la funcionalidad del sistema político. Esta serie de atribuciones han oscilado entre pasar al legislativo o configurarse con autonomía, para quedar finalmente en su estado actual, integradas en un número de aproximadamente 9 OCAS. Esta restricción del ejecutivo le da un nuevo carácter a la dimensión orgánica de la Constitución, bastante diferente de lo que a este respecto estaba contemplado en la del 17. 
De este modo tenemos un nuevo régimen presidencial, un nuevo régimen económico y un nuevo régimen de derechos. Todo esto cobijado bajo la propia configuración de nuestra Constitución actual, que prevé en su propio articulado la manera adecuada para ser reformada y actualizada. Entonces en estricto sentido, contamos con un texto constitucional que bien podría considerarse “sistémico” por prever en sí mismo los elementos de su propia reforma y adecuación, y por haber logrado efectivamente inducir a la sociedad política a preservar hasta ahora esa cualidad como capacidad de adaptación al momento histórico. Desde este punto de vista, es plenamente de celebrarse que tengamos una Constitución tan resiliente, o viva, porque verdaderamente esas disposiciones constitucionales sobre su propia reforma se han respetado en estos cien años, y por otra parte, tenemos un texto constitucional renovado en los aspectos más relevantes y elementales que pueden configurar lo que entendemos como Constitución. Entonces por estos dos aspectos hay un gran evento que celebrar y lo que resta por suceder, es que la ciudadanía continúe su aprendizaje, conocimiento y asimilación de su Constitución para comprender cabalmente el impacto de estas transformaciones constitucionales y pueda contar con los elementos para comprender que hay plenos motivos para celebrar que tengamos un país mayormente estable y renovado en los aspectos más relevantes y vitales, como lo es en términos de nuestro ordenamiento constitucional.

Por último, quisiera solamente añadir una reflexión que considero muy valiosa respecto de nuestra comprensión de lo constitucional, así como del entendimiento generalizado del concepto “institución” que va de por medio; y se trata de lo siguiente: últimamente he escuchado que se critica a los movimientos de reforma constitucional, como el de 2011 o el de la CDMX, por incorporar al texto constitucional derechos que aparentemente no pueden ser exigidos o actualizados a casos concretos, ya sea por falta de condiciones presupuestales o simplemente por no estar claro cómo pueda esto llevarse a cabo. El caso es que las Constituciones, en su dimensión de expresiones aspiracionales no proyectan un modelo utópico de la realidad que nunca vaya a lograrse, sino que precisamente por su naturaleza compleja que opera también como mecanismo de articulación de confianza social y de proyección hacia el futuro, establecen la brecha distópica que debe ser sorteada con el esfuerzo de los ciudadanos para la actualización de sus postulados en cada lugar, en cada época y en cada caso, especialmente cuando las condiciones políticas estatales no bastan para que la organización del Estado lleve a cabo su materialización por iniciativa propia. 

En esto, la utopía que sí conviene identificar y deconstruir en nuestra sociedad mexicana es la que apunta a que el gremio de abogados tendría la obligación de atender y actualizar casos de derechos humanos bajo la suposición de que el mismo éxito de los asuntos conllevaría aparejado su propio proceso de autofinanciamiento, dando paso con eso a la idea de que el derecho es autosustentable, como suele derivarse de la observación parcial de cómo funcionan otras sistemas legales en el mundo, mayormente debido a las dislocaciones de sentido jurídico con el propósito de entretenimiento que son promovidas y difundidas por diversas expresiones de las industrias del cine y la televisión. El hecho es que nuestra realidad nacional dista de ese estado de cosas. Aquí, para lograr la actualización del derecho a casos concretos se requiere identificar profesionistas competentes y depositar nuestra confianza y nuestros recursos materiales para solicitarles que gestionen la aplicación del derecho a casos concretos. Mientras esto no se actualice de este modo, sólo nos queda esperar que la gestión del sistema político retome e impulse la materialización de los derechos al ritmo de su propia capacidad de gestión y procesamiento político, al ritmo de su propia capacidad de recaudar recursos y de la disposición de la sociedad a confiárselos, al amparo de la inevitable dialéctica entre legitimidad e ilegitimidad de la representación que se procesa en la arena política. Es decir, que nos haría bien observar y asimilar, que tanto en la operacionalización institucional, como en otros ámbitos de la sociedad, si no se avanza mediante procesos de prueba y error, las instituciones nunca mostrarán ni perfeccionarán su rendimiento. Esto es, que los medios de control constitucional, si no se prueban, no funcionan. 

A la luz de los más recientes debates sobre nuestro Centenario de la Constitución, cabe decir que independientemente de su reforma o renovación, lo que necesita hoy nuestra Constitución indudablemente, es que fomentemos el ejercicio y la formación de litigantes constitucionales más competentes, no sólo en términos de probidad ética, como ya se ha propuesto, sino también en materia de conocimientos especializados en disciplinas que posibiliten observar desde todas las perspectivas teóricas existentes la complejidad de nuestro tiempo. Y que reconozcamos que la sociedad mexicana en su conjunto está llamada a descubrir que necesita invertir más de sus recursos y de su confianza en los abogados constitucionales de su elección, para que mediante el empleo del derecho actualicen a casos concretos el amplio catálogo de derechos humanos contenidos actualmente en nuestra Constitución y en los tratados internacionales en consonancia con la misma. 

Por todo lo anterior, este día y este año que inicia, son una verdadera ocasión para celebrar, porque sin una buena Constitución no hay paz duradera; y por cierto no hay malas Constituciones que duren 100 años. Por esto, y para preservar esa paz social por mucho tiempo más, es nuestro deber cívico estudiar y comprender más de nuestra hoy Centenaria Constitución. Que estas palabras sean de verdadero estímulo para quienes estén en posibilidad de orientar sus estudios profesionales en este momento y que sirvan para lograr este anhelo Constitucional de paz social para nuestro país.
Felicito y agradezco a la Ibero Puebla por haber desarrollado la vanguardia en el derecho procesal constitucional, y por permitirme ser parte de ese proceso. Como dicho ya, las instituciones como los remedios, si no se prueban, no funcionan. Sobre lo anterior, aquí les comparto un video promocional en el que tuve la fortuna de colaborar. 

El desafío de confiar en nuestras instituciones

Sobre lo que ha pasado recientemente con las decisiones políticas que nos han afectado e incomodado a todos los mexicanos, considero que es más que necesario expresar ocasionalmente nuestra inconformidad con el estado de las cosas públicas de nuestro país y discutir abiertamente sobre ellas, pero exhorto a que hablar de política no sea para expiar nuestra falta de involucramiento mayor en los procesos electorales, nuestra adolescente vocación democrática o ignorancia de cómo operan los ajustes institucionales. 
Exhorto a que hablar de política, no sea el contexto de normalización para proferir insultos y denostaciones gratuitas. La buena política y la endeble paz social en nuestro país demandan mucho más que eso de todos nosotros. En esto tienen plena razón sociológica, y por ello aplaudo y promuevo la propuesta de quienes afirman que si de verdad le preocupa a usted nuestro país, primero se incorpore en algún partido político; el primer paso puede ser acudir a las pláticas que estos institutos ofrecen; seguramente su diputado local o federal lo orientará gustoso en esto. 

Lo demás es francamente de mucho menor provecho. 
La crítica sin mesura a los políticos, la clase política o los partidos en su conjunto, conlleva implícita una suposición de saber más sobre cómo resolver los problemas nacionales, pero esa es una ilusión producto de una ignorancia mayúscula, porque la política es una actividad compleja que demanda mucha preparación y una dedicación de tiempo completo. Un conocimiento elemental de la complejidad social y de los efectos de la desmesura y la denostación de la política conllevaría más bien a la mesura y cautela al momento de prescribir recetas o establecer juicios políticos o sociales.

Que expresar frustración ante las desafiantes exigencias de adaptación que el entorno actual demanda, no sea motivo para degradar a las instituciones políticas y sus representantes, que han sido producto y resultado de esfuerzos colectivos históricos y que se nutren del trabajo cotidiano de miles de ciudadanos comprometidos, que sí han aceptado concientemente y con verdadera vocación de patriotas, ser servidores públicos y vivir con mesura. 
Exultar odio y resentimientos acumulados ante la incomprensión de los problemas de nuestro tiempo y de sus raíces históricas no abona a solucionar los problemas, sino a inflamar el mismo odio y resentimiento que anteriormente causó las más lamentables guerras y masacres. Participar seriamente en la política es la mejor opción, porque ésta es una actividad muy susceptible a la degradación cuando se le trivializa en la comunicación coloquial. Quienes niegan esto desde los medios masivos desconocen llanamente la complejidad social de nuestro tiempo o están mirando por sus intereses parciales por encima de todo y apuestan por la preservación de la ignorancia en favor de sí mismos. 
El pesimismo es la entropía social que nos impide desplegar cualquier potencial colectivo. Es el mismo vicio que impide expresar confianza en nuestros gobernantes y pagar los justos y debidos impuestos, que en quien administra un condominio y pagar las debidas cuotas condominales, o confiar en el médico, el contador o abogado que nos atiende y retribuirle sus justos honorarios. Sin ir a tanto, es la misma situación con los artesanos o comerciantes, con quienes es muy fácil regatear hasta perder el aprecio y reforzar la dinámica del engaño mutuo.
No veamos la conveniencia por sobre la gratitud. Asumir que cada quien hace lo mejor posible requiere que uno haga lo mejor posible. Para el enfoque sistémico social esto está muy claro: las observaciones sobre el mundo externo son un una proyección de las configuraciones internas de cada observador. Los juicios son una proyección de la vivencia. Para mejorar la observación hay que mejorar el propio actuar. 
No perdamos de vista que la paz duradera es una construcción social que se nutre del esfuerzo cotidiano. Esfuerzo por respetar a los que estuvieron antes, a los que están sirviendo ahora mismo, y por respetar también la secuencia y el orden de quienes quieren involucrarse más decidida y comprometidamente. 
Visto  lo anterior, es que me permito en esta ociasión y con motivo de este inicio de año y frente a las dificultades que avizoro, convocar a que detengamos ya está propensión irreflexiva a desconfiar de todos y de todo; esta inclinación terrible a pensar que ningún bien y ninguna virtud pueden manifestarse en alguien que se dedique a la política. Dejemos ya de allanar el terreno para la especulación degradante que normaliza el no pago de los impuestos, la pifia y el entrampamiento colectivo, y en última instancia, la rapiña y el saqueo. Detengamos ya esa falacia mimética repetida hasta la náusea desde buena parte de las élites de nuestra sociedad, especialmente por los detractores de la obligación y la responsabilidad social de contribuir con el gobierno para sufragar las necesidades y reclamos de la redistribución. 
Si tenemos un estado deleznable de los asuntos públicos es primeramente por nuestra históricamente deficitaria tributación fiscal y por nuestra falta de fiscalización inteligente de lo que se hace con nuestros escasas aportaciones impuestas. Fortalecer nuestro país requeriría no solo que tributáramos los “impuestos” sino que ademas fuéramos capaces de aportar contribuciones voluntarias. Pero en el estado actual de la conciencia colectiva mexicana eso pareciera un sinsentido. Y eso es lo que tendría que cambiar primeramente.
Por esto los convoco a considerar que debemos decirnos y decir que ya basta de pensar que todo es corrupción. A recordar que tenemos un sistema electoral de los más caros del mundo y que es irracional y malsano que sigamos abonando al “sospechosismo”. Por esto los convoco a considerar y reconocer que la corrupción que existe es la resultante de lo que hemos aportado cada uno de nosotros cada vez que hemos tenido ocasión, con nuestra colaboración activa o con nuestra pasividad, con nuestras palabras y silencios. Y a reconocer también que las posibilidades de solución latente son vastas, y que pasan por hacer una reflexión sincera y colectiva de nuestra corresponsabilidad en este estado de cosas. Si algo necesita nuestro país en ese momento para lograr un verdadero cambio, sin odio y sin violencia, es un alto nivel de madurez y de reflexión. 
Considero, especialmente como abogado, como profesor de ciencias sociales, como servidor público y promotor de las instituciones, que este año de conmemoración del Centenario de nuestra Constitución es una magnífica ocasión para hacerlo, que este año es cuando cabe recordar que sí se puede, y que sí se debe hablar bien de Mexico y de los mexicanos, que sí se puede y sí se debe, no sólo pagar impuestos sino hacer contribuciones voluntarias y hacer el bien por México y por todos. Sí se puede y sí se debe.
En este contexto cabe ademas observar que al menos la llegada de Trump vino a catalizar nuestra observación de esos desafíos por venir, y a hacer evidente lo que muchos no querían ver: nuestra oprobiosa dependencia y subsuncion a su economía. El vergonzante y hegemónico colonialismo intelectual y cultural con el que nos tienen subyugado financiera y monetariamente. La más acallada separación y racismo que nos tiene apresados en burdos prejuicios distanciados de nosotros mismos hasta en términos de unidad política y confianza en nuestras instituciones. Y también la ignorante descalificación de las tendencias comerciales hacia la apertura que equivocadamente la izquierda ha denostado como si fueran un camino de beneficio sólo para la economía norteamericana. 
Hoy queda claro al menos que en buena parte, ellos también se perciben en desventaja y que se interesan también en reajustar los términos del intercambio comercial. 
Que este estado de cosas sea un impulso para la unidad nacional, que tengamos un momento de reflexión para detener el desgaste de nuestras instituciones y funcionarios; que seamos en este momento de dificultad el soporte que nuestro país necesita, para lo que todavía nos acecha en el porvenir.

Al menos nos queda hoy mas clara que en los últimos 30 años, la urgencia de rectificar nuestro actuar y nuestro civismo ante los cambios abruptos que se avecinan y de los cuales ya tuvimos una primer dosis desde los primeros días del 2017. El lamentable rezago en el desarrollo de nuestras capacidades tecnológicas y el fin de nuestra zona de confort con cargo a nuestros recursos naturales y medio ambiente.

Criticar y construir: de la descalificación mórbida al contraste de los argumentos bien fundados

Según me he adentrado últimamente en las complejidades de la Administración Pública, he caído en cuenta, con una renovada y mayor claridad, que uno de los desafíos por venir para contar con un país mejor para todos, es difundir y generalizar conocimientos especializados relacionados con la función administrativa estatal o el propio hacer político legislativo, y que en tanto sigamos en la propensión de emitir y repetir sin restricción juicios de valoración moral sobre el carácter de los agentes involucrados en la administración pública, con frases soeces como que “todos los políticos son iguales”, o peores que eso, no vamos a llegar a ningún lado; y que por tanto, ante los más recientes acomodos del ambiente internacional, resulta urgente e imperativo, ponernos al día en esta asignatura para poder fortalecer a nuestra nación ante las adversidades globales. Esto requiere inevitablemente que seamos capaces de restablecer la apreciación de nuestros gobernantes y representantes, y de los funcionarios y servidores públicos. Siendo que en nuestras instituciones democráticas se invierte una de las mayores porciones de nuestra hacienda pública, es irracional seguir reproduciendo estas actitudes de desprecio inercial. Tenemos una de las democracias más caras del mundo y seguimos sin poder confiar en quienes resultan nuestros representantes luego de nuestros caros procedimientos electorales. Para superar este desafío, cabe notar que la observación generalizada sobre lo político, ya no puede consistir en infundios, calumnias y descalificaciones basadas en valoraciones morales sobre los agentes de la política, divulgadas y consumidas irreflexiva y morbosamente por los medios masivos. Cabe notar que lo que se requiere y conviene a nuestra sociedad, es que discutamos y polemicemos con un mayor nivel de complejidad; que seamos capaces de analizar concienzuda e informadamente sobre las diferencias ideológicas fundamentales presentes en el espectro político, de comparar las alternativas de elección en términos de los documentos fundacionales y principios doctrinarios de los distintos partidos, y seguidamente que nos alleguemos de las herramientas de análisis, mediante formación específica decidida y dedicada (estudios de licenciatura, diplomados, especialidades o seminarios), o que nos acerquemos autodidácticamente a lecturas serias sobre ciencias sociales, para establecer mejores relaciones entre la oposición de los distintos discursos ideológicos que tensionan la arena de lo político, o para familiarizarnos cada vez más con planteamientos acerca de la construcción de indicadores, formulación de líneas de acción, estrategias y objetivos de cada uno de los programas y sectores de la administración pública; que ejerzamos el derecho a recabar información, y que éste se ejerza con mayores conocimientos acerca de los tipos de bases de datos que existen, y de las instituciones u organizaciones de la sociedad civil que se dedican a integrarlas o monitorearlas, por citar algunos ejemplos. En este sentido me atrevería a preguntarle a usted, ciudadano lector, sobre todo a quienes gustan de las críticas someras basadas en descalificativos sobre las personas, ¿alguna vez ha leído los documentos fundacionales de alguno de los partidos políticos? ¿ha leído completa nuestra Constitución Política? ¿Ha solicitado alguna vez información pública al INAI, el INEGI o el Archivo General de la Nación? 

En este contexto, mi parecer es que mientras la generalidad de la sociedad no nos tomemos más en serio este papel de fiscalización cívica y nos preservemos como una sociedad propensa a mirar el acontecer político a través de la estrecha fijación en las cualidades personales de las figuras que encarnan el servicio público, de acuerdo con lo que nos apuntala la limitada agenda de los medios de información masiva, no vamos a lograr nada relevantemente provechoso, (como hasta ahora se ha visto), sino el frecuente y pueril absurdo descalificador de todo lo que huela, parezca y se asemeje al hacer político y que tenga que ver con el gobierno, lo cual sirve muy bien para justificar y normalizar, mediante una inercia irreflexiva la elusión fiscal por parte de los generadores de riqueza y la apatía generalizada y la desesperanza, el odio, resentimiento, y en última instancia una violencia creciente y acechante, por parte del resto de la sociedad. En esa forma de observar y de comunicar, no hay nada de valioso y nada de provecho, excepto para muy pocos, (las empresas mediáticas principalmente), que sí reciben utilidades de revolver la angustia y el morbo. En suma, cabe observar, desde este enfoque sociológico, que con esa forma de descalificar sin mayor miramiento, (tan frecuente en las redes sociales, y normalizado en la interacción social cotidiana), no es viable construir algo duradero que nos prepare frente a las adversidades que se ciernen actualmente sobre nuestro país.

Tierra de caudillos en tiempo de instituciones: el ocaso de la idolatría en la sociedad compleja

El ocaso de los ídolos, referido por Nietzche, o su polémica y malentendida metáfora sobre la muerte de Dios, la observo principalmente como la muerte del hombre Dios; como esa condición histórica para el establecimiento de nuevos tipos de organizacion social; se trataría en mi parecer del fin de la racionalidad mesiánica tras el alza de la racionalidad moderna, el fin de esa propensión de quienes se regodean en imaginar seres dotados de virtudes o potencias extraordinarias.

Ampliando esta observación a título personal, los caudillos dejaron de ser relevantes para mí hace unos buenos años. Cuando comprendí que mis padres eran tanto o más heróicos y entregados que cualquiera de los “grandes” de la historia. Cuando comprendí que a los ídolos los ensalzan y linchan sin mucha distinción masas irreflexivas, que ahora y siempre van donde el frío no sopla. Cuando comprendí que la vida cotidiana está llena de héroes cotidianos, y cuando comprendí que eso que llamamos grande, es resultante de la perspectiva del que observa, y de la circunstancia, que nos deja colocados en espacios disímiles, unos más más arriba y otros más abajo. Dejé de mirar y leer sobre ídolos cuando comprendí que toda vida está llena de percepciones y experiencias inenarrables. Dejé de admirar genios y figuras cuando comprendí que las grandes obras se forjan poco a poco cada día. Dejé de embelesarme ante la fama, el poder o el dinero, cuando comprendí que ninguno de estos bienes son signo de la complacencia divina, sino tremenda prueba para quien los recibe y medio de contraste para reconocer lo esencial, aquello que sí es duradero. Dejé hace mucho de admirar a seres humanos y eventos especiales y empecé a creer más en la humanidad, en su conjunto y en la excepcionalidad de cada uno de los días y las personas. Y empecé a observar más frecuentemente que quien se olvida de Dios termina postrado ante ídolos de barro.

Por esto es mi credo personal que el nuevo orden por venir no se afianza en el liderazgo de voluntades subjetivas, ni en el engrandecimiento de nuevas figuras personales, sino en nuestro potencial para obrar con sentido, para sincronizarnos bajo objetivos comunes mediante la reflexión y el diálogo. Por eso creo hoy, ante todo, que nadie en lo personal representa la solución o el acabose de nada y que los ajustes en nuestros respectivos mundos se dan cuando ajustamos nuestros respectivos interiores al recuerdo primordial de que la realidad es ante todo, capacidad y benevolencia sin límites, y por tanto a la conciencia de que todo cambio requiere partir de la gratitud, la mesura, y la primera mejor consideración por el otro.